Marxism
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Re: [Marxism] Soros and Volcker: Collapse surpassing GreatDepression



That's why I told five months ago that this will be not the "Gran" but the
"Grandisima" depression, as those who can read Spanish can check below.

Cheers,
Diego



----- Original Message -----
From: "S. Artesian" <sartesian@xxxxxxxxxxxxx>
To: "dg" <diego.guerrero1@xxxxxxxxxxxxxx>
Sent: Saturday, February 21, 2009 7:40 PM
Subject: Re: [Marxism] Soros and Volcker: Collapse surpassing
GreatDepression


>I said it first.
>
> ----- Original Message -----
> From: "Marv Gandall" <marvgandall@xxxxxxxxxxxx>
> To: <sartesian@xxxxxxxxxxxxx>
> Sent: Saturday, February 21, 2009 2:24 PM
> Subject: [Marxism] Soros and Volcker: Collapse surpassing Great Depression
>
>
>
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LA ¿"GRANDÍSIMA"? DEPRESIÓN Y EL "LADO MALO" DE LA HISTORIA

Empecemos por los números. Si una economía crece durante 30 años a una tasa
anual del 1%, al cabo de ese tiempo habrá crecido casi un 35%; si lo hace al
2%, el porcentaje de crecimiento total sube al 81%; y si llega a crecer a un
3% anual, la producción se habrá multiplicado al final del periodo por 2,4.
Al final de los 30 años, por tanto, una economía nacional que se encontrara
en el primer caso estaría produciendo un 25% menos que si hubiera crecido al
2%, y un 45% menos que si lo hubiera hecho al 3%.

Perdonará el lector este montón de cifras si ayudan a reflexionar sobre lo
siguiente. El crédito permite gastar más de lo que se tiene; más
exactamente, más de lo que se ingresa. Si resultara ser cierto que el
recurso masivo y prolongado al crédito, en todos los países occidentales y
por parte de todos los agentes económicos (consumidores, administraciones
públicas y empresas), permitió aumentar el ritmo anual de crecimiento de sus
economías en, digamos, 1 o 2 puntos adicionales, podríamos ver en el
ejercicio numérico anterior un reflejo de lo que puede estar ocurriendo en
la actualidad o, más bien, de lo que podría suceder. Con la matización de
que esas economías han gozado realmente de estos recursos crediticios, no
durante tres décadas, sino al menos durante las más de seis transcurridas
desde el final de la II Guerra mundial.

Si la crisis actual supone, como cabe razonablemente esperar, la
paralización o contracción generalizada del crédito, el citado suplemento de
crecimiento habrá pasado a la historia. Si suponemos que los mercados
cotizan correctamente el valor de las mercancías, concluiremos que deben
hacer otro tanto con el del conjunto de la economía y que, por tanto,
acabarán reconociendo que, puesto que un buen porcentaje del crecimiento
podría haber sido mera apariencia -la de la, hasta ahora, imparable "burbuja
de deuda"-, nos estamos dando de bruces con la realidad de que ya somos
bastante más pobres de lo que creíamos. Lo somos ya, porque la burbuja ha
explotado ya. Aunque eso no quiera decir que los efectos de ese estallido se
perciban todos de forma inmediata.

Lo primero que puede suceder, incluso suponiendo -lo cual no es muy
probable- que el paquete de medidas adoptadas por el gobierno estadounidense
baste para estabilizar el sistema financiero, es el tipo de catástrofe
económica que prevén los responsables de su política económica. En su
comparecencia ante el Senado, el 23 de septiembre, el presidente de la
Reserva Federal, Ben Bernanke, sugirió que el Congreso "no tenía otra salida
que apoyar la intervención del Gobierno si querían mantener abierta Wall
Street". Y es que -añadió- "si las condiciones financieras no mejoran
rápido, las implicaciones para el conjunto de la economía serán severas [.y]
se perderán empleos, la tasa de paro crecerá, más viviendas serán
desahuciadas y el PIB se contraerá".

¿Pero qué ocurrirá si, como cabe llegar a temer, no estamos ante "la mayor
crisis económica desde la Gran Depresión", sino ante el comienzo de lo
podría pasar a conocerse en el futuro como la Grandísima Depresión? No
olvidemos que, antes de la "Gran Depresión" que se desencadenó en 1929, hubo
otra, a fines del siglo XIX, que hasta ese momento era conocida así. Pero
eso no importa. Lo importante es que, tanto si la actual supera o no, en
gravedad, a la de los años 1930, deberían preocuparnos las consecuencias
sociales y políticas, más allá de las puramente económicas, que pueden
producirse. Y es que, cuando una parte importante de la población se
empobrece de forma significativa, aunque sólo sea "relativamente", cuando
pierde unos ahorros que ha estado acumulando durante toda una vida, cuando
el desempleo alcanza a sectores sociales de clase "media" que
tradicionalmente han quedado al amparo de esa eventualidad., y lo hace
durante largos periodos de tiempo, nada "bueno" puede suceder.

No hay por qué buscar paralelismos artificiales con otras situaciones
similares que ha conocido la historia. Pero esta demuestra que, en
situaciones de crisis como la que puede sobrevenir, la gente no se queda en
casa pasivamente, esperando la calma tras la tempestad. Ocurre que se amplía
el campo para la demagogia política y, más importante, se crea el caldo de
cultivo para ideologías y prácticas políticas temibles. Si alguien pregunta
si estamos sugiriendo la posibilidad de un nuevo fascismo, habrá que
responder que sí.

Es verdad que el "lado malo" de la historia es "necesario" en un sentido
estructural y como tendencia a largo plazo. También tiene su aspecto
positivo y creador, pues sin él la historia no avanzaría en la práctica, tal
como ha hecho siempre. Marx escribió que "es cabalmente el lado malo el que,
dando origen a la lucha, produce el movimiento que crea la historia". Pero
estaba refiriéndose al feudalismo en su conjunto, algo tan general y global
como un "modo de producción", y no hacía predicciones a corto plazo. Sólo
quería advertir contra "la empresa absurda de borrar la historia", de
quienes dibujan un cuadro idílico de la sociedad, fijándose sólo en su "lado
bueno" y eliminando "todo lo que ensombrece este cuadro" -según él, "la
servidumbre, los privilegios y la anarquía" en el caso del feudalismo.

De esto podemos extraer varias enseñanzas. Por un lado, tanto quienes
favorecen o no la "intervención" estatal, maticen como maticen las
relaciones Estado-mercado, deberían no olvidar este lado "malo" de la
historia, convertido ahora en "la servidumbre, los privilegios y la
anarquía" del capitalismo. También esto hará rodar la historia, como lo
hará la gran crisis en que nos hallamos: no es por tanto la nuestra una
perspectiva "progresista" como la de la modernidad clásica, sino que,
precisamente por resaltar el papel activo y creador del "lado malo",
trasciende su trasnochado optimismo.

La crisis actual no sólo contribuye a la pérdida del optimismo que lamentan
algunos. Cuando los que quieren defender el statu quo no ven más que un
"horizonte de peligros y amenazas", atrapados como están en "una espesa red
de temores de todo tipo", lo hacen porque no tienen más alternativa que el
pesimismo y "la defensa activa de lo dado". Pero lo contrario no conduce a
"recuperar un cierto optimismo ilustrado" sino, en efecto, a "mirar el
peligro a la cara", empezando por ser conscientes de que la sociedad
conservadora siempre ha tenido miedo al cambio, y la clase dominante a
perder sus privilegios. Sólo se puede ser optimista, y realista a la vez,
desde la conciencia del lado malo de la historia.

Y esa conciencia nos impone hoy una doble realidad. A largo plazo, el dolor
de los que sufren esta sociedad puede convertirse en algo bueno si termina
contribuyendo al cambio que desean. Pero no todo lo malo es bueno en última
instancia, y es ese mal "innecesario" el que debemos evitar. Piense el
lector si las palabras (de 1986) del premio Nobel de economía James Tobin
(que no menciona los regímenes fascistas que entonces surgieron) describen
una buena o mala realidad, "necesaria" o no: "Hace medio siglo, cuatro años
de caída total de la actividad económica mundial [1929-1932] provocaron un
paro masivo. La mayor parte del mismo persistió durante los seis años de
recuperación anteriores a la segunda guerra mundial [1933-1938]. Fue la
guerra mundial la que trajo consigo escasez de mano de obra y de todo lo
demás".

Diego Guerrero es profesor de Economía Política
de la Universidad Complutense de Madrid

24-9-2008.


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