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Editorial de Granma




[A continuación un editorial de Granma sobre la etapa actual de la
batalla en contra de las política hostil del imperialismo yanqui
contra Cuba a raíz de la victoria en el caso de Elián.

[Aún no ha salido la versión en inglés que sin duda aparecerá en el
próximo día o dos.]

* * *

Editorial Lo peor y más difícil está por vencerse todavía

El regreso del niño secuestrado causó gran satisfacción en nuestro
pueblo. La mafia anexionista había sufrido una desastrosa derrota, y
con ella la política imperialista contra Cuba. El pueblo
norteamericano, al que siempre hemos respetado y al que nunca hemos
culpado de los actos criminales de agresión por parte de sus
gobiernos, creció ante nuestros ojos por su apoyo ampliamente
mayoritario y noble a favor de los derechos del niño y su familia.

La acción enérgica pero serena de nuestro pueblo, unido, infatigable y
tenaz, decidió la primera batalla de una larga lucha. Pudo transmitir
al mundo su mensaje denunciando el monstruoso hecho, destruyendo mitos
y mentiras de todo tipo. Su lucha resuelta fue expresión irrebatible
de su alta moral, su elevada instrucción, su creciente cultura y
conciencia política, su apego a la verdad y a los principios.

Sería sin embargo imperdonable ilusión olvidar que lo peor y más
difícil está por vencerse todavía.

El secuestro de Elián fue un fruto más de la Ley asesina de Ajuste
Cubano. En la propia embarcación rústica en que viajaba, murieron 11
personas, entre ellas niños, madres y ancianos. Nadie podría calcular
cuántos han perdido su vida de esa forma y cuántos más la perderán.
Después del regreso de Elián, decenas y decenas de menores nacidos en
nuestra tierra fueron trasladados a las costas de Estados Unidos, en
riesgosas operaciones realizadas por contrabandistas de seres humanos
en lanchas procedentes de ese país o en rústicas embarcaciones, como
la que naufragó con él a bordo. Un grupo de 37 personas permaneció
cinco días en un islote solitario de las Bahamas sin agua ni
alimentos. Descubiertos por pura casualidad, una madre embarazada en
grave peligro de muerte y una niña inconsciente fueron trasladadas con
urgencia a un hospital del sur de la Florida. Ni una palabra se habló
con relación a lo ocurrido después. El gobierno de Estados Unidos
niega toda información acerca de los niños sustraídos ilegalmente del
país. Salvo excepciones, ni siquiera investigan ni sancionan a los
contrabandistas de emigrantes. Interceptan sólo un mínimo de
embarcaciones. En virtud de los acuerdos migratorios se comprometían a
desalentar los viajes a Estados Unidos que no fueran por vías legales
y seguras. Hicieron todo lo contrario: multiplicaron las prerrogativas
y privilegios que concedía la siniestra Ley de Ajuste.

En días recientes fue devuelta a Cuba, entre otras personas que
viajaban en una embarcación interceptada, una madre que llevaba
consigo una niña operada del corazón en nuestro país hacía sólo varios
días. ¡Algo increíble! Ese tratamiento médico, que en Cuba se presta
gratuitamente como todos los demás servicios de salud, en Estados
Unidos habría costado decenas de miles de dólares a los que tienen
acceso a ellos. A tales extremos conduce una política despiadada y
cruel.

Cuarenta años antes, casi 15 mil niños cubanos habían sido trasladados
clandestinamente sin sus padres a Estados Unidos en una de las
operaciones más cínicas e infames de la historia, a partir de una
grosera y repugnante mentira acerca de la patria potestad que sembró
el pánico en muchas familias. Esos niños padecieron terribles
sufrimientos y parte de ellos no volvieron a reunirse jamás con sus
padres.

Trescientos mexicanos mueren cada año tratando de cruzar el muro que
los separa de Estados Unidos. No se sabe cuántos haitianos y
dominicanos perecen al hacerlo por vía marítima. Concédase el libre
tránsito a los mexicanos, ciudadanos de un país que, junto a Canadá y
Estados Unidos, es miembro del Tratado de Libre Comercio. Añadáseles
ese mismo derecho a todos los latinoamericanos y caribeños. Ese sí
sería un verdadero tributo a la vida y los derechos humanos de los
pueblos de este hemisferio. O elimínese al menos la Ley de Ajuste
Cubano para evitar la muerte y el repugnante tráfico de seres humanos
entre Cuba y los Estados Unidos.

El bloqueo genocida, riguroso y brutal contra Cuba alcanzó la triste
gloria de convertirse en el más prolongado de la historia. Siempre
hubo en el Congreso de Estados Unidos legisladores que de un modo o de
otro se oponían a esa política de hostilidad y agresiones al pueblo
cubano. A lo largo de años han hecho intentos por limitar o reducir el
rigor de tan criminal propósito de rendir por hambre y enfermedad a un
pueblo que es indoblegable. Su número ha crecido en los últimos
tiempos.

Sus iniciativas chocan con el hecho de que el conjunto de pérfidas
leyes, enmiendas y medidas gubernamentales dieron lugar a un verdadero
nudo gordiano legislativo creado deliberadamente, cuyo desenredo es
imposible excepto que se aplique la fórmula del personaje de la
leyenda histórica: cortarlo de un tajo mediante ley aprobada por ambas
Cámaras y refrendada por el Presidente de la nación, que ha perdido de
forma casi total el control de las injustas medidas económicas contra
Cuba.

La iniciativa de autorizar la venta a nuestro país de alimentos y
medicinas, promovida por un creciente número de legisladores, refleja
una toma de conciencia y el plausible propósito de poner fin a lo que
en términos absolutamente jurídicos constituye un acto de genocidio,
definido con toda precisión en el Tratado de la Convención para la
Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio y el Convenio relativo
a la Protección debida a las Personas Civiles en Tiempo de Guerra, en
1948 y 1949 respectivamente, suscritos por casi la totalidad de los
Estados del mundo, incluidos Cuba y Estados Unidos. La privación de
alimentos y medicinas a la población de cualquier país está prohibida
terminantemente aun en casos de guerra. Tales tratados incluso
conceden el derecho a juzgar los hechos a los tribunales del país
víctima.

La mafia cubano-americana se opone rabiosamente a que la prohibición
de vender alimentos y medicinas se levante, pero aun si la misma
prosperara, es absolutamente imposible conciliarla con las demás leyes
y enmiendas que integran el bloqueo. Un país que ha soportado tal
carga y que ha sido afectado directa o indirectamente en más de 100
mil millones de dólares, no estaría en condiciones de adquirir
alimentos y medicinas mientras esté sometido a esa política de bloqueo
y guerra económica que lo priva de los recursos indispensables para
ello. Es justo admitir que, para los que se oponen a tan nefasta
política contra nuestro país, cualquier pequeño paso hacia la
eliminación del bloqueo constituye para ellos un motivo de
satisfacción, y nosotros tenemos el deber de agradecer sus nobles y
constructivos esfuerzos. Pero es igualmente comprensible nuestro deber
de advertir a nuestro pueblo y a la opinión mundial que Cuba no
resolvería absolutamente nada, ni puede aceptarlo, ni contaría con
recursos para la adquisición de alimentos y medicinas en esas
condiciones. A esto se añade que durante años los gobiernos de Estados
Unidos han hecho caso omiso de las resoluciones aprobadas por la
abrumadora mayoría de los países representados en la Asamblea General
de las Naciones Unidas.

El 26 de julio a las 8 y 30 de la mañana, casi a la misma hora en que
hace 47 años se inició la lucha por la independencia definitiva de
nuestra Patria, el pueblo de la capital en gigantesca marcha demandará
el cese total del bloqueo genocida y la guerra económica que afecta
cada día a 11 millones de cubanos.

No nos detendremos en la mitad del camino, llegaremos hasta el final
en la batalla política en que estamos enfrascados. Pulverizaremos una
por una todas las mentiras y la inmensa hipocresía de los que
gobiernan el imperio. Lo denunciaremos en todas las tribunas de Cuba y
del mundo. Los conocimientos y la cultura política de nuestro pueblo
crecerán día a día como crecieron durante 7 meses de incesante
batallar por el regreso de Elián. Nuestro mensaje llegará a todas
partes y crecerá también la conciencia de los pueblos que de una u
otra forma sufren su saqueo y agresiones. No habrá forma de evitarlo
ni de contrarrestarlo.

Hacia el pueblo de Estados Unidos guardaremos toda la consideración y
respeto que merece. No luchamos contra él, luchamos contra una
política criminal e injustificable. Estaremos defendiendo también el
derecho constitucional de sus ciudadanos a conocer la verdad, viajar y
ver de cerca con sus propios ojos a Cuba, su derecho a la seguridad de
sus propias familias evitando que muchos delincuentes y prófugos de la
justicia viajen ilegalmente a Estados Unidos sin restricción alguna,
su derecho a vender productos de su agricultura y su industria y
adquirir bienes y servicios de nuestro país, su derecho a negociar con
nosotros e invertir en igualdad de condiciones en aquellas ramas de la
economía abiertas a la asociación e inversión de capital extranjero.

El volumen de nuestra economía no es importante, pero el derecho de
los ciudadanos norteamericanos a relacionarse culturalmente y al
intercambio económico con cualquier país del mundo sí es importante
para ellos. Sólo una política sin ética ni principios dejaría de
reconocerlo. Cuarenta y un años han demostrado que el esfuerzo por
destruir una Revolución que tanta equidad, justicia social, educación
y valores éticos y patrióticos trajo al pueblo cubano, ha sido y será
inútil. No hay ni habrá forma de lograrlo. Cualquier intento de
hacerlo por la fuerza tendría un costo político y humano impagable
para los agresores, y sería también inútil.

¡La Ley asesina, el bloqueo genocida y la guerra económica, deben
cesar totalmente, y cesarán!










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