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[A-List] iNTRODUCCION A RODOLFO ORTEGA PEÑA



Title:

Introduccion a Rodolfo Ortega Peña

El Defensor de los Perseguidos

 

El 31 de Julio de 1974, el escritor y director de la revista Militancia, Diputado en ejercicio,

Compañero, Dr. Rodolfo Ortega Peña es asesinado por la A.A.A, paramilitar cuyas siglas, ,para muchos, significan  las tres armas, es decir el ejercito, la aviación y la marina que poco tiempo después condujeran Videla, Agosti y Massera, en el Proceso de Organización Nacional que derroco al gobierno democratico del peronismo, iniciando la noche mas oscura de la historia argentina al asesinar a 30.000 compañeros que fueron desaparecidos, cercenándose los derechos humanos y sociales de los argentinos durante siete años y para siempre.  


Una herida clavada en mi costado

 

Nota del 19 del Julio de 1998 en LA MAGA

Por Eduardo Luis Duhalde (*)

 

En agosto de 1972, con mi socio profesional Rodolfo Ortega Peña, teníamos cerca de trescientas defensas jurídicas de presos políticos. No fue de extrañar entonces que lo de los 19 prisioneros que se entregaron a las autoridades en el aeropuerto de Trelew -tras haber fugado de la cárcel y no poder abordar el avión en que se alejaron sus restantes seis compañeros- fueran defendidos nuestros, en algunos casos, en patrocinio compartido con otros abogados.

 

Aquella madrugada en que nos anoticiamos por llamadas periodísticas de lo ocurrido en el atardecer y la noche anterior entre la Cárcel de Rawson y el aeropuerto, los primeros nombres conocidos nos indicaban que se trataba de varias de las personas cuyas defensas técnicas teníamos a nuestro cargo. No vacilamos en tratar de viajar a la cárcel de Rawson: fue imposible hacerlo en avión. El gobierno militar había bloqueado todas las plazas para el vuelo de ese día. Fue así como, a media mañana, iniciamos con Ortega Peña junto a otros abogados (Rodolfo Mattarollo, Carlos González Gartland, Miguel Radrizzani Goñi, Pedro Galín) un tenso viaje en dos automóviles, que de Bahía Blanca para abajo fue objeto de trabas en sucesivos controles policiales, tendientes a impedir o demorar nuestro arribo a destino.

 

Al llegar, comenzó una de las situaciones más dramáticas que me tocó vivir en mi larga e intensa vida profesional. Muy pocas veces sentí tanta impotencia y pude comprobar en tal grado el desamparo que trae aparejado la ausencia de respeto a ley y a las garantías individuales con que someten los gobiernos militares a los ciudadanos.

 

Desde la mañana del 17 de agosto, Rawson parecía, por un lado, una ciudad ocupada, las patrullas militares la controlaban, incluyendo hasta el comedor del Hotel Provincial. Pero, por otro, era un páramo sólo recorrido por los fuertes vientos invernales: los habitantes -sensatamente- sólo se dejaban ver lo indispensable. Una indescriptible sensación de muerte nos embargaba, era una crónica anunciada. íbamos de la cercanía de la cárcel a la zona próxima a la base Almirante Zar, donde tenían a los prisioneros, sin que en ningún lado nos permitieran acercarnos. Constantemente pedíamos entrevistar al juez de la Cámara Federal Jorge V. Quiroga, que había viajado desde Buenos Aires y que instruía el sumario, sin que accediera a recibirnos: hasta llegamos a presentarle escritos pasándolos por debajo de la puerta de su habitación del hotel, reclamándole seguridad para nuestros defendidos.

 

Todo era vano. Salíamos a la calle y éramos vigilados, mientras los despachos militares y judiciales continuaban herméticamente cerrados para nosotros. El clima era cada vez más lúgubre: advertíamos que estábamos jugando tiempo de descuento: a vida de los prisioneros corría cada hora más peligro y se nos escurría entre las manos. Ortega Peña, Mattarollo, González Gartland y yo fuimos detenidos junto al abogado de Trelew, Mario Amaya, asesinado luego por el golpe del 76, que no le perdonó su participación en la defensa de aquellos prisioneros. Se nos amenazó con fusilarnos, y tras un recurso de hábeas corpus presentado en Buenos Aires, fuimos liberados. Amaya continuó detenido. Intentamos entonces hacer una conferencia de prensa en el estudio de Romero, otro abogado de dicha ciudad. Un explosivo en su puerta, impidió hacerla.

 

Comprendimos que nada podíamos hacer allá. Nos embargaba el dolor, la impotencia, el sentirnos absolutamente inútiles frente a la negación de todo derecho. Lo único posible era volver de inmediato a la ciudad de Buenos Aires, a denunciar que el crimen avanzaba a pasos agigantados.

 

En la tarde del 22 de agosto, en la sede de la Asociación Gremial de Abogados, en nombre de los profesionales intervinientes, Rodolfo Ortega Peña, en conferencia de prensa, hizo pública denuncia de la situación y reclamó por la vida de los 19 prisioneros. Esa noche un artefacto explosivo estalló en dicho organismo.

 

Concomitante con aquella denuncia, en la base Almirante Zar la pedagogía criminal del terrorismo de Estado producía la masacre de Trelew. Una danza de horror, en el pasillo y las celdas, dejaba 16 cuerpos inertes y tres heridos graves. La sangre en las paredes, los restos de masa encefálica, las marcas de los centenares de balas disparadas contra las víctimas indefensas, mostraba en plenitud la furia homicida y ejemplificadora.

 

Masacraban a estos jóvenes militantes, pero apuntaban más que a sus corazones, a matar las utopías que anidaban en ellos, sus sueños transformadores y su pasión argentina: no se condenaba su metodología violenta; por lo contrario, aquel hacer de los marinos a cargo del capitán Sosa era un himno a la violencia más extrema (sólo la perversión hipócrita asesina sin piedad en nombre del derecho a la vida).

 

Tampoco fue el exceso de una guardia ebria. Esta había sido la mera ejecutora de una orden secreta y directa del presidente Lanusse y de los comandantes en jefe. Trataban de restablecer la autoridad de los militares, golpeada en su orgullo envanecido, ahogando en sangre a los que habían osado desafiarla.

 

Pero la vida de la Nación, que es mucho más rica que los lineales propósitos dictatoriales, hizo que Trelew fuera para el régimen de Lanusse lo que Malvinas para el gobierno de Galtieri. Un gran espasmo, un enorme escalofrío e indignación recorrió el cuerpo social. Un creciente sentimiento colectivo de repudio y espanto embargó al pueblo argentino. Ocho meses después, el 25 de mayo de 1973, esos militares debieron entregar el gobierno, aunque tres años más tarde volverían a asaltar el poder para producir el vasto genocidio.

 

En mi modesta historia personal, percibí en Trelew, tan palpable como nunca antes, la diferencia entre un estado de derecho y la barbarie autoritaria. En esa comunión con la tragedia sentí la reafirmación del compromiso con los derechos humanos y con la vida, que en medio de tanta impotencia y fracaso recibía como un mandato irrenunciable.

 

Palabras de un padre

 

A un año de la matanza, Manfredo Sabelli, padre de María Angélica, revivió su último encuentro con su hija en el texto emocionado que se transcríbe a continuación.

 

Llegué a Rawson el domingo 13, preocupado por las noticias de una epidemia de gripe en la cárcel, pero mi hija me tranquilizó apenas la vi. Ella también había caído enferma, y a pesar de que se la notaba débil y pálida, tenía un aspecto animoso. Sus compañeros médicos la habían tratado con vitaminas y antibióticos (me contó ella) y lo único que echaba de menos eran los mimos de esos días. Hablamos de nuestras cosas y nos divertimos en grande. Siempre sonreía, María Angélica, con la mirada despierta y la cara llena de luz.

 

No nos importó separarnos ese domingo, sentíamos que aún nos quedaban muchas horas juntos y esperábamos disfrutarlas sin pensar en la soledad de mañana. Desde algún tiempo atrás, el régimen de visitas al Penal primero se había extendido a cinco días por semana y luego reducido a cuatro, de 9 a 11.30 y de 14.30 a 16. Las horas pasaban volando y yo me preguntaba si habría una red para cazar las horas que se iban, como si fueran mariposas.

 

Siempre era lo mismo en Rawson: yo me alojaba en casa de unos parientes de buena voluntad y llenaba mis ratos vacíos hablando de María Angélica. El martes llegué al Penal a las 9 en punto. Al rato apareció ella en la capilla. Sonreía, me acuerdo.

 

Volvimos a hablar de su madre y de Chela, de mis máquinas de escribir y calcular. Yo le repetí las historias que ya le había contado.

 

Al despedirnos me dijo: -No vengas esta tarde, papá. Tengo una conferencia con las chicas delegadas. Amagué una protesta. ¿Te molestaría no venir, papá?, insistió ella. Yo le mentí que de ningún modo, que me daba lo mismo. Al fin de cuentas, nos quedaba todo el miércoles para vernos y todos los días del año para escribirnos cartas.

 

Me acuerdo bien de aquel 15 de agosto: hacía frío, con un poco de viento y el cielo estaba nublado. De lo que no me acuerdo es de si besé a María Angélica por última vez en la frente o en la mejilla.

LA MAGA

HOMENAJE A UN LUCHADOR
RODOLFO ORTEGA PEÑA

MODELO PARA ARMAR
 

Por: Eduardo Luis Duhalde (*)

 (Fecha publicación:11/07/2003)


Las nuevas generaciones argentinas no conocen a Rodolfo Ortega Peña. Salvo para los jóvenes especialmente interesados en conocer la historia de los años 60 y 70, para la mayoría es un nombre desconocido o en lo mejor de los casos, una víctima de la Triple-A, un escritor citado o una plazoleta en la avenida 9 de Julio.

Esta nota fue escrita el 29 de julio de 1998

Es lógico que así sea, aunque ello evidencia la profunda ruptura social con el propio proceso histórico. Este desconocimiento sobre Ortega Peña se inscribe en un desconocimiento más amplio y general.

El ejercicio del olvido al que han sido condenados los argentinos desde el 24 de marzo de 1976 hasta el presente y los artilugios desarrollados para obliterar el pasado con el ejercicio interesado de la desmemoria forman parte de] esfuerzo por ocultar dos décadas intensas y profundas durante las que los jóvenes de entonces (entre los que me incluyo) se plantearon con profundo sentido solidario y colectivo ligar sus vidas con la búsqueda de un mundo mejor, más justo e igualitario, aun a costa de los mayores sacrificios.

A su vez, el olvido no es sólo derogación de la memoria. Tiende a colocar en su lugar una mítica narración del pasado: el silencio ha dado lugar a formas de normalización falsificadas, a través de una unívoca interpretación oficial. Se sustituye la cultura social -que actúa como conciencia crítica - deslizándose el sentido conceptual del pasado a través
de la opacidad del presente, resignificando la temporalidad rica y múltiple del saber crítico hasta llegar a la clausura de su significación: ninguna cuestión que pudiese plantearse carece de respuesta dentro del propio sistema articulado por la teoría de los dos demonios como eje de una suerte de fundamentalismo democrático.

Rodolfo Ortega Peña pertenece a esa generación que hace cuatro décadas -recogiendo los legados históricos- soñó la revolución cultural, política, económica y social como un hecho posible y actuó consecuentemente, con-vencida de la irrelevancia ingrávida de toda otra tarea que no fuera promover aquel cambio -de acortar los tiempos a una victoria
que pensábamos inevitable por el decurso de la historia - abandonando en muchos casos la tranquila existencia personal (sentida por unos como opacidad triste, y por otros, pese a su éxito biográfico, como una situación de complicidad con un sistema injusto): dispuestos a ofrendar su propia vida si ello resultare una contingencia inevitable.

Estos proyectos revolucionarios de los años 60 y 70, no siempre se expresaron mediante el ejercicio de la violencia, aunque todos por igual sufrieron la violencia represiva del terrorismo de Estado. En la mayoría de los casos, aquellos portadores de la ilusión se habían acercado a la política huyendo de la inmovilidad del pensamiento, para pasar a la acción -en todas sus variantes- abjurando tanto del revolucionarismo de café de una izquierda tradicional con la que pretendían romper y superar, como del burocratismo peronista entrampado en los pliegos del poder proscriptivo.

Esta instancia política, fuertemente vital, no fue una mera contingencia de un deslizarse crispante del tiempo social en que estaba inmersos sus actores sino el intento de una relectura de la historia argentina, en acto de continuidad y cuestión al mismo tiempo, en
una instancia fundante de un devenir diferente. Al mismo tiempo, traducía en el campo nacional el peso de las experiencias universales y contenía en su multiplicidad dicursiva el plexo de aquella herencia inmediata y mediata. Tenía un claro sentido reparador y regeneracionista.

Ningún sector social ni estamento profesional o laboral quedó al margen de esta interpelación convocante de los años 60 y 70. Aquellas generaciones existieron sobradamente y fueron muchísimo más que aisladas ínsulas. La opción revolucionaria recorrió medularmente la sociedad hasta convencerse a sí misma de la factibilidad de la victoria. Más: estas generaciones fracasaron en su intento, y la mayor parte de quienes encamaron aquellos propósitos transformadores fueron aniquilados por el terrorismo
de Estado, en sus formas para estatales antes del 24 de marzo de 1976, y luego por la acción directa de las Fuerzas Armadas.

La revolución quedó como una utopía incumplida, como un sueño desvanecido, transformado en un estallido de dolor y sangre. Llegaron los tiempos de derrota y
muerte, que no sólo sesgaron la vida de aquellos que estaban animados por el fuego sagrado de sus convicciones sino que hicieron añicos esos proyectos concretos, personales y organizativos. Y aquellos programas, con el tesoro ideológico revoluciona - no
y emocional que le dio su encarnadura, quedaron allí perdidos, bajo un pesado manto de silencio, carente de toda resonancia y haciendo incomprensible para las generaciones futuras la densa textualidad de sus proyectos, la capacidad cuestionadora y movilizadora de su palabra y el profundo sentido político de su accionar. Tan incomprensible la acción como su respuesta represiva. Escamoteo interesado, evitante de las preguntas: -¿Qué estaba en juego esos años? ¿Qué y por qué se peleaba?

Es decir, cuál fue el entramado de sueños, ideas, análisis teóricos, compromisos vitales y prácticas germinadoras de un hombre nuevo como constructor de un mundo diferente que fue el signo distintivo de aquellos 'olvidados y proscriptos' desde el silencio y la descalificación.

Rodolfo Ortega Peña es una figura paradigmática de aquellos jóvenes intelectuales de la generación del 60, que vivió el influjo sartreano de la vida como compromiso existencial, desde sus primeros pasos como estudiante hasta el cargo de diputado nacional que
ejercía a la hora de su muerte (con su unipersonal Bloque de Base, conformado tras separarse del frente justicialista por el que había sido elegido).

 

El 31 de julio de 1974, cuando los sicarios de la Triple-A comenzaron su cadena de muertes quitándole la vida a los 38 años de edad, sin duda, en su criminalidad, coincidían en el reconocimiento del carácter paradigmático y la proyección de aquel que comenzaba a trascender los propios planos de la militancia para adquirir una dimensión nacional.

En distintas instancias de estos veinticuatro años transcurridos desde aquel crimen he abordado el análisis de quien fue mi hermano entrañable y compañero en la militancia y en la actividad cultural y profesional. Lo hice en su accidentado entierro, en el homenaje a los diez años del crimen a los veinte años, al inaugurarse la plazoleta que lleva su nombre,
y en otras oportunidades, de manera escrita, en algunas publicaciones.

Cada vez que debí evocar a Rodolfo públicamente, fui completando mi visión de sus múltiples y riquísimos perfiles. De aquellos trabajos rescato especialmente dos, que hoy reproduzco parcialmente.

En una extensa nota hace doce años, decía yo:

-¿Desde dónde aproximarnos al recuerdo de Rodolfo?

-Desde el rechazo de todo encasillamiento, reconociendo que él, como todo ser humano, fue una presencia abierta en sus significaciones, que su vida admite plurales lecturas y que no es posible abarcarlo en su totalidad, ni aquella es reproducible sintéticamente con un puñado de anécdotas o juicios de valor.

Urgencia vital preparación Intelectual

-En 1962 en la revista Ficción, que dirigía Juan Goyanarte, Ortega Peña publicó un largo análisis de la novela Sobre héroes y tumbas. En esa nota, escrita poco antes de que tomáramos la decisión política de elaborar y firmar conjuntamente todos nuestros trabajos, analiza el tema de la muerte (aun era tiempo de que nuestra generación la visualizara a través de las obras literarias) y dice:

 -Lavalle, Alejandra, Fernando, muertos. ¿Sus muertes tienen algún sentido o carecen absolutamente de él? ¿Por qué ir a Jujuy? ¿ Por qué morir en El Mirador? ¿Azar de una partida que dispara? ¿Libre determinación en incendiar la casa, su propia vida? La muerte, ¿tiene realmente un sentido que no es posible delimitar en lo orgánico?

Allí quedan los restos lacerados de Lavalle.

Malolientes. Ahí va su corazón con sus hombres.

-¿Llevaba Lavalle dentro, muy dentro, su muerte como Alejandra o Fernando? ¿Fue creciendo esta muerte día a día con su vida, hasta surgir galopando desesperadamente? ¿ O, por el contrario, la muerte se cruza en el camino inesperadamente? ¿Es realmente un
elemento irracional que no se puede reducir?

Quizá no estamos preparados para responder.

Pero la existencia sigue su curso: y allí va Martín, como nosotros, proyectando su vida, abierto a lo inesperado.

-Ortega a los 26 años reflexionaba antropológicamente sobre el sentido de la muerte, que es lo mismo que decir que analizaba el sentido de la vida. Y lo hacía desde su propia proyección vital totalmente comprometida, que llevaría -doce años después de esas
meditaciones- a que convergieran las balas sobre su cabeza y a que hoy, transcurridos otros doce años, yo rescate este texto y lo repiense no sobre Lavalle sino sobre Rodolfo mismo. Ya que, quienes lo conocimos, sabemos bien con qué urgencia vivió, prodigando su
inteligencia tan fuera del nivel común y su cultura de límites incomprobables, con tal vertiginosidad como si llevara
dentro, muy dentro su muerte y ésta fuera creciendo día a día con su vida.

-Pareciera -la historia está llena de ejemplos variados- que hay seres que viven presentidamente su muerte joven y que para ellos, los tiempos de ser y hacer, son como una carrera contra el reloj sin resuello ni descanso. Y Ortega Peña no escapaba a esta característica.

-Recibido de abogado a los 20 años, haciendo al mismo tiempo la carrera de Filosofía, estudiando luego Ciencias Económicas; polemizando con Julián Marías sobre la ontología de Unamuno; con Carlos Cossío sobre la teoría ontológica del derecho; con Tulio Halperín Donghi sobre la significación del Facundo: con Marechal y Sabato sobre la estructura de la novela; con Córdova Iturburu sobre las pinturas rupestres de Cerro Colorado; pocos casos debe haber en nuestro país de un intelectual con tanta capacidad y actividad interdisciplinaria.

 

Al mismo tiempo, con tan poco interés en dedicar su vida prioritaria-mente a cualquiera de esas disciplinas, pese a haber sido hasta el fin, un ávido y obsesivo lector de todas ellas, en castellano, inglés, francés, alemán, italiano, portugués, latín y griego.

-Urgencia por saber, para hacer: es decir el conocimiento como arma transformadora.

 

 Es que para Rodolfo no había actividad científica abstracta, había sólo una práctica teórica, absolutamente enraizada con las tareas de la liberación nacional y social. De él sí que, siguiendo Gramsci, puede decirse era un intelectual orgánico ligado al destino de la clase
obrera y del pueblo. Porque toda su actividad estaba puesta al servicio del desarrollo político, del avance en la lucha de las clases postergadas: a las que se había integrado por una firme convicción, saltando por encima de su origen social, tratando de darles lo
mejor de sí mismo.

-Pero esta urgencia vital no devenía en un sentimiento trágico de la misma. Todo lo contrario, sólo desde el optimismo esperanzador se puede actuar de ese modo.

Por otra parte, Ortega Peña era la contraimagen de la solemnidad, un chico grande con una calidez y una ternura que muchas veces con infantil vergüenza por mostrarse desnudo en sus sentimientos, pretendía sepultar con su aplastante racionalidad, esa que se
convertía en un arma implacable sólo con los enemigos de los intereses colectivos.

-De esta manera su vida cotidiana no aparecía escindida entre la alegría de los hechos menores y una solemne y grave actitud ante las grandes perspectivas de su existencia, las que integraba en un continuo sin contradictorias percepciones.

Su humanismo ético y revolucionario

En 1994, cuando se inauguró por disposición el Concejo Deliberante de la ciudad de Buenos Aires la plazoleta Rodolfo Ortega Peña en la Avda. 9 de Julio, allí donde le mataron, volví a precisar los rasgos de Rodolfo.

 

Decía entonces:

-¿Cuál es el legado de Ortega Peña, su valor paradigmático, lo históricamente rescatable?

¿Cuáles son los grandes trazos de su personalidad, aquellos que aspiramos a que queden indelebles en el tiempo?

 

Porque la historia con sabiduría olvida la crónica política concreta para abstraer y esencializar los valores ejemplarizantes, dejando aquella, para los estudiosos e investigadores.

-¿Es posible ya, señalar, los valores perdurables de una figura como Rodolfo Ortega Peña que laboró con igual fervor, la política como la historia, el periodismo como el ejercicio de la abogacía aplicada en función social? ¿Es posible hacerlo pese a la complejidad de su postura ideológico-política, de este hombre visceralmente peronista, pero intelectualmente
un obstinado gramsciano, que heredó la pasión argentina de su abuelo David Peña y como aquél, tributario del sueño alberdiano de construir una gran nación sobre bases jurídicas y económicas sólidas?


-Estoy convencido de que sí es posible.

 

Sin ánimo de hablar ex-cátedra, apunto aquí algunos rasgos a mi juicio definitorios: fue antes que nada un humanista, en el más puro sentido ontológico del término. Sus
estudios de filosofía, su búsqueda del saber de los saberes, no era otra cosa que la búsqueda del hombre, de todos los hombres. Su primer compromiso era entonces con el destino del ser humano como tal.

-De este compromiso fundante, nacieron sus quehaceres: la política como servicio a los demás, asumida con el rigor de quien para ejercerla, no consideró suficiente su formación jurídica y filosófica, sino que estudió con igual dedicación las ciencias económicas. Su casi
infinita cultura, fue también parte de su aprendizaje para la acción política. Porque sin estas herramientas jamás Rodolfo se hubiera considerado en condiciones de acceder a algo que consideraba absolutamente serio y responsable: la práctica política.


-De aquélla deriva también su irrenunciable compromiso con los derechos humanos, que lo llevó desde el inicio de su profesión al ejercicio de la defensa de los presos políticos, aun y en muchos casos, de quienes estaban en su antípoda ideológica y política.

Un compromiso racionalmente asumido que le hizo transitar el camino de la muerte, porque éste fue lo que más incomodó a quienes planearon el crimen.

-Necesariamente, también allí, radica su inclaudicable postura a favor de las causas populares, saltando sobre el prefijado destino familiar que le hubiera permitido fácilmente ser un brillante abogado de minorías privilegiadas.

-Otro rasgo esencial -y que en estas épocas aparece mucho más destacable - es la honestidad de este hombre que murió pobre, sin más patrimonio que su biblioteca,
no por falta de oportunidad de quien asesoró a encumbrados dirigentes sindicales y que pasó por el Congreso de la Nación, rechazando las ofertas altamente beneficiosas en lo económico con que le tentaron para acallar su voz disidente.


-Es que Rodolfo Ortega Peña fue esencialmente un hombre ético, de una profunda eticidad, que lo llevó a soñar con un Hombre Nuevo capaz de construir revolucionariamente un mundo mejor. Revolucionar, como enseña el Diccionario del uso del español de María Moliner, es imprimir un giro diferente a un tiempo determinado o preconizar un cambio radical de las cosas. Y Ortega Peña desde su ética absoluta, jamás se resignó a aceptar el mundo en que le tocó vivir como algo con lo que debía conformarse. Siempre creyó que la humanidad, y en el caso, los argentinos, nos merecíamos un mundo mejor, mucho más justo e igualitario y luchó apasionadamente para que despuntara el alba.

Pero no nos confundamos, Ortega Peña, no se planteó para sí, tomar el cielo por asalto, y por el contrario, fue un ferviente partidiario de la lucha de posiciones, en el marco de las instituciones republicanas.

 

Por ello este hombre que no pertenecía a organización alguna, aceptó ser diputado de la Nación conformando un bloque unipersonal, para luchar por una democracia auténtica, fiel al mandato recibido. Y porque creía en los valores de la democracia participativa no usó su banca para convertirla en tribuna del petardismo sino que trabajó con ahínco en mejorar las leyes tanto en las comisiones como en el recinto, dando memorables aportes a los debates y convirtiéndose en un fiscal insobornable.

Paralelamente llevó su banca a la calle y allí donde hubo una necesidad o una injusticia, lo encontró presente'.

29 años después ( Julio de 1998 ).


Al cumplirse un nuevo aniversario del crimen, quisiera agregar, un hecho sustancial, implícito en todo lo antes dicho. Poco a poco, y por la fuerza de los acontecimientos, el campo popular y revolucionario estaba encontrando la figura capaz de unirlo y liderarlo, en aquel hombre que hizo del antisectarismo y de la unidad, un estilo de vida.

 

Junto a Agustín Tosco, Rodolfo Ortega Peña, aparecía en el escenario político argentino con la capacidad para convertirse en la amalgama que superara las dicotomías y las obstinaciones, y de conducir en el campo de las instituciones republicanas, ese gran movimiento transformador que agitaba la Argentina.

 

No fue casual entonces que su prematura muerte inaugurara la etapa sangrienta del último terrorismo de Estado padecido en el país.

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NOTA DE LA NAC&POP: (*) Eduardo Luis Duhalde (ex Juez) es actualmente (Julio de 2003) Secretario de Derechos Humanos del Ministerio de Justicia del Gobierno Nacional que preside el Dr. Nestor Kirchner.

 

Felipe Vallese,

de Rodolfo Ortega Peña

 y Eduardo Duhalde.

 

Introducción               

 

El 23 de agosto de 1962 con el secuestro de Felipe Vallese a manos de la policía comienza el punto crítico de esta historia, el desencadenante dramático con su elemento simbólico: Felipe asido al árbol de la calle Canalejas, intentando inútilmente aferrarse a la libertad y a la vida, hasta que sus captores logran violentamente arrancarlo. Se pone en marcha entonces el círculo del horror: golpes-interrogatorio-torturas-indignación ante su silencio-golpes-interrogatorio-torturas, y así reiteradamente hasta cerrar el círculo, hasta que definitivamente terminan con la vida de Felipe, destrozado con puntillosa saña.

 

Un brutal hecho político y un nombre que queda como marca imborrable.

 

¿Cómo se llegó a aquel 23 de agosto? ¿Qué ocurrió después?

 

El libro que hoy se reedita conjuntamente con este trabajo fue escrito por Rodolfo Ortega Peña y por mí en 1965, al cumplirse tres años del secuestro, como parte de la batalla contra la impunidad de los autores del crimen. Texto que con el paso del tiempo se ha convertido en indispensable para conocer los detalles de las actuaciones judiciales impulsadas a fuerza de protestas, denuncias y movilizaciones, ya que a 37 años de su primera edición sigue siendo el único ensayo específico sobre el tema. 1.

 

Magra producción reflexiva para la gravedad del hecho por parte de una sociedad que entendió muy tarde, con mucha sangre y dolor, lo que Eduardo Pavlosvky 2 resume de este modo: -El olvido forma parte necesaria de una de las condiciones para la producción de un tipo de subjetividad que fabrica complicidad permisiva y que permite la construcción de nuevas máquinas de guerra, a veces desembozadamente represivas, y otras, formando parte de una maquinaria cada vez más sutil de control social. Recordar, en cambio, es ejercer estrategias de acción para la denuncia y desarme de esas mismas maquinarias. No es un problema de psicología social. Es un problema de tácticas y estrategias de acción política. Porque no se trata sólo de recordar el pasado. Se trata de denunciar el futuro represivo que se avecina con sus nuevas máquinas en gestación.3

 

La historia del secuestro, crimen y desaparición de Vallese, está narrada en esa pequeña obra de dos jóvenes abogados. Lo que no está en ella aunque sí, ínsita, es la historia del contexto político resistente de esos siete años transcurridos desde la caída del gobierno popular de Juan Perón, hasta el secuestro de Felipe. Tampoco está narrado cómo se fue generando en esos años y al calor de la lucha una nueva generación de la juventud peronista de la que Felipe Vallese fue mártir y símbolo, que se iría reproduciendo por millares hasta que la dictadura genocida del 76 llegara para aniquilarla.

 

Igualmente por su contemporaneidad, en el libro no hay registro suficiente de la forma en que se llevó adelante la investigación del caso, del papel cumplido por el periodista Pedro L. Barraza y sobre la repercusión de nuestro ensayo, ni cómo continuó con posterioridad la causa judicial hasta la condena parcial de los autores.

 

Está sí el envés de la historia narrada con su dramaticidad constitutiva y perversa: la de la represión política del 55 en adelante y la específica relacionada con Vallese, incluidos los asesinatos de Barraza y Ortega Peña y los atentados contra quien esto escribe, hasta llegar a los campos de exterminio (Omega y el Banco) de Suárez Mason y Camps, que puede reconstruirse teniendo como hilo conductor la propia biografía de un frío criminal: el comisario mayor de la Bonaerense Juan Fiorillo, partícipe en todos ellos.

 

Conocimientos contrapuestos: el de la represión y el crimen por un lado, y el de la resistencia y lucha por los derechos fundamentales, por el otro. Contradanza dramática de la memoria y el olvido reglado como saberes en pugna.

 

Pero hay más: hoy es posible abordar con más detalles la breve pero intensa vida militante de Vallese; el paso del tiempo ya no pone en riesgo a sus compañeros y también analizar el discurso político que acompañó la denuncia del secuestro, y las polémicas en torno al papel de la dirigencia sindical.

 

Éste es el propósito del presente trabajo: dar respuestas tentativas a los interrogantes señalados, al amparo del privilegio que me otorga haber sobrevivido a esta historia represiva, y con la carga de responsabilidad que me cabe en ese largo camino recorrido por la militancia.

 

Eduardo Luis Duhalde

 

1 Durante el año 2001 intenté localizar la causa judicial ?Fiorillo, Juan y otros s/privación ilegítima de  la libertad", es decir, las actuaciones del ?caso Vallese?, que deberían encontrarse archivadas en los tribunales de La Plata, sin que el expediente pudiera ser hallado. Las dos hipótesis más probables del ?extravío? son: 1. que el propio Fiorillo las haya hecho desaparecer cuando fue lugarteniente de Camps durante la dictadura genocida; 2. que dicho expediente se haya agregado a algún otro cuando en 1984 se iniciaron las investigaciones sobre la actividad criminal de Fiorillo, paralizadas luego por la aplicación de la leyes de Obediencia Debida y de Punto Final. Lo cierto es que será muy difícil que futuros investigadores puedan consultar aquellos documentos, que en buena parte están en el libro que hoy se reedita.

 

2 Pavlovsky, Eduardo, Micropolítica de la Resistencia, Denuncia de una represión futura,  EUDEBA, Buenos Aires, 1999. pág. 55

 

3 Este trabajo se refiere a una época que, desde distintos abordajes he encarado en una serie de publicaciones cuyos conceptos aquí se resumen. Entre ellos: El retorno de Perón y las luchas de la Resistencia Peronista, ediciones Historia Viva,  Bs. As. 1995.  Peronismo y Revolución (el debate ideológico en los 60: una experiencia)? revista Confines  N° 6, UBA, Bs. As. 1999. Estudio Preliminar a la Historia documental de las FAP y el PB, Ed. La Campana, Bs. As., 2002.

 

FELIPE VALLESE PROCESO AL SISTEMA 40 AÑOS LECTURA CRIMEN

ORTEGA PEÑA RODOLFO DUHALDE E / PUNTO CRITICO - PCR001 5 

 

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Director Editorial: Martín García / Coordinadora General: Rosana Salas

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Encuestas.com

Medidas antisecuestro

NO ALCANZA CON LAS MODIFICACIONES DEL CÓDIGO PENAL

 

Para la mayoría de los argentinos, la ampliación de las facultades de los fiscales no reducirá el índice de secuestros. Los resultados de un estudio de Encuestas.com revelan que un amplio sector de los consultados relaciona el problema con la crisis socioeconómica que aún atraviesa nuestro país.

 

La semana pasada el Congreso convirtió en ley una modificación del Código Procesal Penal que le otorga amplios poderes a los fiscales federales: dirigirán la instrucción de los casos, podrán ordenar allanamientos, tomar declaración indagatoria a un imputado, actuar en diferentes jurisdicciones territoriales, entre otros. La iniciativa fue impulsada por el Ejecutivo para combatir la inseguridad.

 

Sin embargo, más de un 45 por ciento de los consultados por Encuestas.com no cree que este tipo de medidas reduzca la tasa de secuestros. Por el contrario, un 27,4 por ciento piensa que el fin de la inseguridad llegará sólo cuando se solucionen los graves problemas socio-económicos que sufre la Argentina. En este grupo también se ubicaron aquellos encuestados que consideran insuficientes las medidas planeadas por el gobierno (17,81%).

 

Por su parte, entre los votantes que esperan buenos resultados del paquete antisecuestro,

un 19.18 por ciento lo apoyó porque otorga herramientas eficaces a los fiscales federales, mientras que 15,07 porque establece un endurecimiento en las penas. Los indecisos alcanzaron un 20,55 por ciento.

 

Estos resultados surgen de una consulta realizada desde el 28 de junio al 21 de julio, sobre una muestra representativa que abarcó a 5.840 usuarios de Encuestas.com -residentes en Capital Federal y Gran Buenos Aires.

 

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