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[A-List] Un poco de Literatura policial argentina Walsh-Borges-Bioy-Ocampo-Sasturain-



Title: Gentileza de uolsinectis

Gentileza de uolsinectis

Crímenes argentinos

Literatura policial argentina

 

A la literatura policial argentina se la puede empezar a rastrear en la generación de escritores del '80. Carlos Monsalve, Luis Varela, autor de La huella del crimen y Eduardo Holmberg con su relato La bolsa de huesos. También en esa rutilante figura intelectual que fue Paul Groussac, autor de El candado de oro y La pesquisa.

 

De esos primeros balbuceos, hay que trasladarse al siglo XX. En 1932, aparece en el diario Crítica, lo que algunos especialistas consideran la primera novela policial argentina. El crimen de la calle Arcos, de Sauli Lostal marcó un hito y desencadenó sucesivas publicaciones del estilo.

 

Los diarios son el lugar indicado para la publicación de este tipo de textos, que son esperados con avidez por gran cantidad de lectores. El crimen de la noche de bodas de Alberto Cordone aparece en Noticias Gráficas, mientras que Las muertes del P. Metri de Leonardo Catellani surge en La Prensa.

 

Cuentos para tahúres | Rodolfo Walsh. Editorial Hachette

 

 Salió no más el 10 un 4 y un 6 cuando ya nadie lo creía. A mí qué me importaba, hacía rato que me habían dejado seco. Pero hubo un murmullo feo entre los jugadores acodados a la mesa del billar y los mirones que formaban rueda. Renato Flores palideció y se pasó el pañuelo a cuadros por la frente húmeda. Después juntó con pesado movimiento los billetes de la apuesta, los alisó uno a uno y, doblándolos en cuatro, a lo largo, los fue metiendo entre los dedos de la mano izquierda, donde quedaron como otra mano rugosa y sucia entrelazada perpendicularmente a la suya.

 

Con estudiada lentitud puso los dados en el cubilete y empezó a sacudirlos. Un doble pliegue vertical le partía el entrecejo oscuro. Parecía barajar un problema que se le hacía cada vez más difícil. Por fin se encogió de hombros.

 

Lo que quieran...dijo.

 

Ya nadie se acordaba del tachito de la coima. Jiménez, el del negocio, presenciaba desde lejos sin animarse a recordarlo. Jesús Pereyra se levantó y echó sobre la mesa, sin contarlo, un montón de plata.

 

La suerte es la suerte dijo con una lucecita asesina en la mirada. Habrá que irse a dormir. Yo soy hombre tranquilo; en cuanto oí aquello, gané el rincón más cercano a la puerta. Pero Flores bajó la vista y se hizo el desentendido.

 

Hay que saber perder dijo Zúñiga sentenciosamente, poniendo un billetito de cinco en la mesa. Y añadió con retintín: Total, venimos a divertirnos.

- ¡Siete pases seguidos! -comentó, admirado, uno de los de afuera.

 

Flores lo midió de arriba abajo.

¡Vos, siempre rezando! dijo con desprecio.

 

Después he tratado de recordar el lugar que ocupaba cada uno antes de que empezara el alboroto. Flores estaba lejos de la puerta, contra la pared del fondo. A la izquierda, por donde venía la ronda, tenía a Zúñiga. Al frente, separado de él por el ancho de la mesa del billar, estaba Pereyra. Cuando Pereyra se levantó dos o tres más hicieron lo mismo. Yo me figuré que sería por el interés del juego, pero después vi que Pereyra tenía la vista clavada en las manos de Flores. Los demás miraban el paño verde donde iban a caer los dados, pero él sólo miraba las manos de Flores.

 

El montoncito de las apuestas fue creciendo: había billetes de todos tamaños y hasta algunas monedas que puso uno de los de afuera. Flores parecía vacilar. Por fin largó los dados. Pereyra no los miraba. Tenía siempre los ojos en las manos de Flores.

-El cuatro -cantó alguno.

 

En aquel momento, no sé por qué, recordé los pases que habia echado Flores: el 4, el 8, el 10, el 9, el 8, el 6, el 10... Y ahora buscaba otra vez el 4.

 

El sótano estaba lleno del humo de los cigarrillos. Flores le pidió a Jiménez que le trajera un café, y el otro se marchó rezongando. Zúñiga sonreía maliciosamente mirando la cara de rabia de Pereyra. Pegado a la pared, un borracho despertaba de tanto en tanto y decía con voz pastosa:

 

¡Voy diez a la contra! Después se volvía a quedar dormido.

 

Los dados sonaban en el cubilete y rodaban sobre la mesa. Ocho pares de ojos rodaban tras ellos.

 

© Copyright - Editorial Hachette

 

La muerte y la brújula | Jorge Luis Borges. Editorial Emecé

 

De los muchos problemas que ejercitaron la temeraria perspicacia de Lönnrot, ninguno tan extraño -tan rigurosamente extraño, diremos- como la periódica serie de hechos de sangre que culminaron en la quinta de Triste-le-Roy, entre el interminable olor de los eucaliptos.

 

En verdad que Erik Lönnrot no logró impedir el último crimen, pero es indiscutible que lo previó. Tampoco adivinó la identidad del infausto asesino de Yarmolinsky, pero sí la secreta morfología de la malvada serie y la participación de Red Scharlach, cuyo segundo apodo es Scharlach el Dandy. Este criminal (como tantos) había jurado por su honor la muerte de Lönnrot, pero éste nunca se dejó intimidar. Lönnrot se creía un puro razonador, un Auguste Dupin, pero algo de aventurero había en él y hasta de tahúr.

 

El primer crimen ocurrió en el Hôtel de Nord - ese alto prisma que domina el estuario cuyas aguas tienen el color del desierto. A esa torre (que muy notoriamente reúne la aborrecida blancura de un sanatorio, la numerada divisibilidad de una cárcel y la apariencia general de una casa mala) arribó el día 3 de diciembre el delegado de Podólsk al Tercer Congreso Talmúdico, doctor Marcelo Yarmolinsky, hombre de barba gris y ojos grises.

 

Nunca sabremos si el Hôtel du Nord le agradó: lo aceptó con la antigua resignación que le había permitido tolerar tres años de guerra en los Cárpatos y tres mil años de opresión y de pogroms. Le dieron un dormitorio en el piso R, frente a la suite que no sin esplendor ocupaba el Tetrarca de Galilea. Yarmolinsky cenó, postergó para el día siguiente el examen de la desconocida ciudad, ordenó en un placard sus muchos libros y sus muy pocas prendas, y antes de media noche apagó la luz. (Así lo declaró el chauffer del Tetrarca, que dormía en la pieza contigua.)

 

El 4, a las once y tres minutos a.m., lo llamó por teléfono un redactor de la Yidische Zeitung; el doctor Yarmolinsky no respondió; lo hallaron en su pieza, la levemente oscura la cara, casi desnudo bajo una gran capa anacrónica. Yacía no lejos de la puerta que daba al corredor; una puñalada profunda le había partido el pecho. Un par de horas después, en el mismo cuarto, entre periodistas, fotógrafos y gendarmes, el comisario Treviranus y Lönnrot debatían con serenidad el problema.

 

La primera letra del Nombre ha sido articula.

 

© Copyright - Editorial Emece

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Cavar un foso | Adolfo Bioy Casares. Editorial Emecé

 

En el pasillo de arriba Julia encendió la luz. Llegaron a la puerta del cuarto. Con extrema delicadeza Julia movió el picaporte y abrió la puerta. Arévalo tenía los ojos fijos en la nuca de su mujer, nada más que en la nuca de su mujer, de pronto ladeó la cabeza y miró el cuarto. Por la puerta así entornada de parte visible correspondía al cuarto vacío, el borde, con molduras, del respaldo de los pies de la cama, el sillón provenzal.

 

Con ademán suave y firme Julia abrió la puerta totalmente. Los ruidos, que hasta ese momento, de manera tan variada se prodigaban, al parecer habían cesado. El silencio era anómalo: se oía un reloj, pero diríase que la pobre mujer de la cama ya no respiraba. Quizá los aguardaba, los veía, contenía la respiración. De espaldas, acostada, era sorprendentemente voluminosa; una mole oscura, curva; más allá en la penumbra se adivinaba la cabeza y la almohada. La mujer roncó. Temiendo acaso que Arévalo se apiadara, Julia le apretó un brazo y susurró:

 

- Ahora.

 

El hombre avanzó entre la cama y la pared, el leño en alto. Con fuerza lo bajó. El golpe arrancó de la señora un quejido sordo, un desgarrado mugido de vaca. Arévalo golpeó de nuevo.

 

-Basta -ordenó Julia. Voy a ver si está muerta. Encendió el velador. Arrodillada, examinó la herida, luego reclinó la cabeza contra el pecho de la señora. Se incorporó.

 

-¡Te portaste!- dijo Apoyando las palmas en los hombros de su marido, lo miró de frente, lo atrajo a sí, apenas lo besó. Arévalo inició y reprimió un movimiento de repulsión.

 

© Copyright - Editorial Emecé

 

La pesquisa | Paul Groussac. Editorial Kapeluz

 

El asesino había saqueado el cuarto. El ropero, la cómoda, el baúl habían sido fracturados: vestidos, ropa blanca y cien objetos menudos yacían en desorden por la alfombra. Sin embargo, en un pequeño cajón de doble fondo de la cómoda, se encontró un testamento ológrafo que instituía a Elena heredera universal. Una sola cláusula descubría el espíritu algo extraviado de la víctima: -Y recomiendo a mi amada Elena que no se separe nunca del medallón en forma de candado de oro que llevo en el cuello: allí está mi verdadera fortuna, si ella la sabe encontrar.

 

Ese medallón no fue hallado, por más que Elena demostrara vivísimo interés por él. Sin duda lo había arrancado el asesino con violencia, pues se notaba en el cuello de la muerta una línea lívida con una ligera escoriación. Tampoco se encontraron valores: el robo, evidentemente, era el único móvil del crimen.

 

La instrucción no dio más resultados. El matador probable cómplice del asesino pudo escapara a todas las pesquisas. Pocas semanas después tuve que ausentarme por un par de meses, y a mi vuelta nadie hablaba ya de la sangrienta tragedia, que para todos quedó como un crimen vulgar, perfectamente explicable, si bien para mí era un problema tenebroso cuya solución no había sido descifrada todavía ni al parecer lo sería jamás. Supe vagamente que Elena había anunciado la venta de la casita, pero que mientras tanto vivía en ella con una sirvienta extranjera.

 

Los múltiples asuntos de mi cargo se sobrepusieron poco a poco a la honda impresión recibida aquella noche, y ésta se hallaba casi del todo borrada en mí, cuando resurgió una mañana, al leer un diario el siguiente aviso.

 

Se ha perdido un candadito de oro labrado, para medallón; representa escaso valor y sólo lo tiene para su dueño por ser un recuerdo de familia. Se pagará mil pesos fuertes a la persona que pueda devolverlo. Dirigirse a Concepción Lisagaray. Poste restante.

 

Lo insólito del aviso, a pesar de su forma trivial, llamó mi atención. No conocía, por supuesto, el nombre indicado. Pero la suma ofrecida por esa prenda era tan superior a su valor probable, que tuve el instinto de hallarme en la pista de algún misterio.

 

© Copyright - Editorial Kapeluz

 

Los que aman y odian (En colaboración con Silvina Ocampo).

 

 Después de que almorzaran en un restaurante de la calle Guido fue a dormir la siesta con su novia Margarita, en casa de ella. Esa tarde, parecida a tantas otras en que Margarita durmió entre sus brazos, de algún modo fue excepcional: jamás como entonces Javier Almagro tuvo la convicción de que Margarita se le entregaba tan enteramente. Por algo se dice que para todo, en este mundo, hay un término. A las cuatro y media de la tarde, puntualmente, se levantaron, se vistieron y cada cual partió a sus obligaciones: ella, a dar el último examen de la carrera de astronauta; Almagro, a la redacción del diario en que trabajaba.

 

Seguro de que Margarita había aprobado su examen, Almagro dejó pasar horas antes de felicitarla. A eso de las once de la noche trató de llamarla por teléfono. Mientras formulaba mentalmente una excusa para su tardanza, oía el consabido, insistente, rumor de llamada... Tuvo que resignarse a una desagradable conclusión: Margarita había salido. ¿Adónde? ¿Con quién? Por más que se repetía: "Margarita me quiere", "Margarita no me engaña", "Margarita es leal", desesperó.

 

Emprendió obstinadas idas y venidas, levantó los brazos y meció los pocos pelos de su cabeza. Comprendió que no toleraba la situación, que un remedio provisorio, pero remedio al fin, sería meterse en un cinematógrafo. Vio en el diario que en el Astral había función de trasnoche. Reflexionó: "Pasando de una función de cine a otra, el mismo camino hacia la muerte sería, para mí, llevadero". Se largó, pues, al Astral.

 

Mientras miraba por la ventanilla del taxi que lo llevaba, ocurrió un hecho extraño. Al ver el comportamiento normal de la gente en la calle, pensó que él era el único trastornado y logró reaccionar. Esforzándose un poco, razonó: que Margarita no estuviera en su casa no era prueba de que estuviera con otro hombre. Las palabras "otro hombre" despertaron pasajeramente su ansiedad.

 

En el hall del Astral tuvo que esperar un rato, hasta que la función anterior concluyera. De pronto vio con alivio que los acomodadores abrían las puertas y, en seguida, empezó a salir un río de gente un poco deslumbrada por la luz del hall y seguramente comentando la película que habían visto. Súbitamente la escena se animó. Sorprendido, atónito, vio con desesperación lo que había imaginado: a dos pasos de él, hablando animadamente con un desconocido, pasó Margarita.

 

© Copyright - Editorial Emecé

 

Los sentidos del agua | Juan Sasturain. Editorial Sudamericana

 

 Horas después, insomne en la madrugada, Spencer Roselló revolvía papeles sentado en calzoncillos ante la mesa de la minúscula cocina. A la débil luz de la lámpara, con los tobillos fríos y un bolígrafo minucioso, repasaba datos, sacaba conclusiones, consultaba, y volvía a consultar los libros robados.

 

Estuvo horas allí, abstraído, apenas atento a los rumores del cuarto contiguo, donde la Joya soñada obstinada contra la opacidad de la noche. Spencer sentía que lo que buscaba era algo para ofrecerle a ella; aunque solo tuviera la forma hueca de un manotazo en el aire, la elocuencia muda de un gesto sin traducción. debía construir un sentido para la mañana.

 

En el momento en el que supo o creyó que lo tenía, se dio cuenta de que una vez más en su vida iba a apostar por el camino de cornisa, el mar adentro, el resplandor al final del túnel. Y se sintió vertiginosamente bien.

 

Sobre la misma mesa en la que había desplegado los papeles diseñó un desayuno irreal y seductor y se encaminó a la habitación cuando apenas clareaba en la sucia ventana.

 

- Joya.

 

Ella estaba quién sabe en dónde y no parecía dispuesta a volver.

 

- Joya... No es necesario soñar nada. Joya...

 

© Copyright 2002 - Editorial Sudamericana

 

 

Triste, solitario y final | Osvaldo Soriano. Editorial Seix Barral

 

 Marlowe caminaba por el sendero rojizo del cementerio entre tumbas chatas y blancas. Algunas tenían flores frescas y otras estaban cubiertas de tallos secos. Desembocó en una amplia calle asfaltada por la que de vez en cuando pasaba un auto. En un Buck azul descapotado, una mujer joven, vestida de negro, lloraba en el asiento trasero mientras el chofer manejaba el coche lentamente con una seriedad que se acentuaba por sus grandes anteojos negros.

 

El detective encendió un cigarrillo, el último, y tiró el paquete en un canasto que estaba colmado de flores marchitas. LLegó el indicador. Se detuvo un instante hasta orientarse. Tomó nuevamente por un camino angosto, de ripio, mientras aspiraba lentamente el humo del cigarrillo.

 

Su cuerpo alto, un poco encorvado, asomaba, por sobre las tumbas bajas. Regresaba sin saber por qué al lugar donde siete años atrás había visto encerra al viejo Stan Laurel. Marlowe pensó que desde entonces no veía a alguien morir en su cama.

 

Al llegar a la tumba vio a un hombre que estaba parado frente a ella, quieto como una estatua. Ni siquiera cuando Marlowe se puso a su espalda se dio vuelta. Seguía inmutable y en su rostro había un dolor sereno. Parecía tener alrededor de treinta años, no era ni alto ni bajo, y sus piernas, bastante chuecas, estaba entreabiertas.

 

Cuando pasó a su lado, Marlowe lo miró atentamente. la cara del hombre era redonda y le quedaba poco pelo para protegerse de la ligera llovizna que empezaba a caer. la nariz pequeña estaba colorada y de vez en cuando la frotaba con un pañuelo. No era que estuviese llorando; se diría , más bien, que estaba resfriado. Sin ser muy gordo, su barriga desentonaba con el resto del cuerpo. Estaba encorvado y fumaba con avidez.

 

De pronto se movió, fue hasta una tumba vecina, se apoyó en ella sin importarle demasiado, metió la mano derecha een su bolsillo y se quedó con la mirada fija en el cielo.

 

© Copyright 2003 - Editorial Planeta

 

La Traducción | Pablo De Santis. Editorial Seix Barral

 

 -Me lavé la cara. Puse las muñecas bajo el chorro de agua fría. El ruido del agua despertó a Ana. Me miró extrañada, como si no recordara cómo había llegado hasta allí.

 

Me puse los zapatos. estaban húmedos. Até lentamente los cordones: quería hacer tiempo, como si me tocara dar un examen sobre un tema del que no sabía nada.

 

Ana miró el reloj: las cuatro menos veinte.

 

- ¿A dónde vas a estas horas?.

- Tengo que buscar algo- dije.

- No me vas a dejar sola. Voy con vos.

- Voy al cuarto 316.

 

En el medio de la noche, en un cuarto cerrado, las ideas más absurdas suenan posibles y sensatas.

 

- Voy yo también.

- Voy al cuarto 316- repetí. No se si quería o no desalentarlo.

 

Ana me siguió por las escaleras a través del hotel dormido. El hall estaba desierto. El sereno debía estar durmiendo en uno de los cuartos de la planta baja. En la mesa dele scritorio había una revista de historietas, una de crucigramas y una lata de cerveza vacía. Abrí el cajón del escritorio y encontré tres grandes manojos de llaves, uno por cada piso. Tomé del tercero.

 

Subimos por la escalera.

 

© Copyright 2000 - Editorial Planeta

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Encuestas.com

Medidas antisecuestro

NO ALCANZA CON LAS MODIFICACIONES DEL CÓDIGO PENAL

 

Para la mayoría de los argentinos, la ampliación de las facultades de los fiscales no reducirá el índice de secuestros. Los resultados de un estudio de Encuestas.com revelan que un amplio sector de los consultados relaciona el problema con la crisis socioeconómica que aún atraviesa nuestro país.

 

La semana pasada el Congreso convirtió en ley una modificación del Código Procesal Penal que le otorga amplios poderes a los fiscales federales: dirigirán la instrucción de los casos, podrán ordenar allanamientos, tomar declaración indagatoria a un imputado, actuar en diferentes jurisdicciones territoriales, entre otros. La iniciativa fue impulsada por el Ejecutivo para combatir la inseguridad.

 

Sin embargo, más de un 45 por ciento de los consultados por Encuestas.com no cree que este tipo de medidas reduzca la tasa de secuestros. Por el contrario, un 27,4 por ciento piensa que el fin de la inseguridad llegará sólo cuando se solucionen los graves problemas socio-económicos que sufre la Argentina. En este grupo también se ubicaron aquellos encuestados que consideran insuficientes las medidas planeadas por el gobierno (17,81%).

 

Por su parte, entre los votantes que esperan buenos resultados del paquete antisecuestro,

un 19.18 por ciento lo apoyó porque otorga herramientas eficaces a los fiscales federales, mientras que 15,07 porque establece un endurecimiento en las penas. Los indecisos alcanzaron un 20,55 por ciento.

 

Estos resultados surgen de una consulta realizada desde el 28 de junio al 21 de julio, sobre una muestra representativa que abarcó a 5.840 usuarios de Encuestas.com -residentes en Capital Federal y Gran Buenos Aires.

 

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