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[A-List] A 25 años del Mundial de Futbol del 78



Title: mundo amateur

mundo amateur

A 25 años del mundial 1978- Distintas opiniones

 

MUNDO AMATEUR

(a 23 años de su aparición, sus lectores ya conocen su opinión desde un punto de vista nacional y popular dentro de la Comunidad Deportiva), por lo tanto "a los 25 años de conseguir el prímer título del mundo de futbol, en 1978, bajo la más sangrienta Dictadura Militar, decidió enviarles a Uds. distintas opiniones de periodistas y algunos protagonistas de aquella época.

 

A 25 años del mundial 1978

Centro para la Investigación de la Historia del Fútbol

Boletín CIHF - Año I - Nº 9 - 12/6/2003

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 La fiesta de pocos

Se cumplen veinticinco años del Mundial ?78. El primero que organizó y ganó nuestro país. Un torneo que casi como nunca estuvo condicionado por la asfixiante situación política que vivía la Argentina, sometida por un régimen de facto repudiado internacionalmente por sus ataques a las libertades democráticas y las violaciones a los derechos humanos. Ese particular contexto que rodeó el certamen futbolístico más importante y esperado quizá sólo pueda parangonarse con aquellos en los cuales se habían desarrollado el Mundial de Italia, en 1934, con el régimen mussoliniano, y los Juegos Olímpicos de 1936, bajo la égida del nazismo. Todo el proceso previo a su inicio, las disputas internas derivadas de los fondos que para su organización se manejaron y el desarrollo del torneo están reseñados en esta nota.

 

Por Mariano Buren

(Buenos Aires, Argentina), socio del CIHF.

 

La tarde del jueves 1º de junio de 1978 era empecinadamente fría, pese al sol. El medio asueto que el gobierno había obsequiado era retribuido en todo el país con calles vacías, televisores y radios encendidos como un coro unísono, y un estadio de River Plate lleno ?con casi 80 mil personas? para presenciar la ceremonia inaugural del undécimo Campeonato Mundial de Fútbol. Con puntualidad militar, a las 13.15, un grupo de 1.700 jóvenes con remeras blancas y pantalones azules entraron al césped para realizar formaciones gimnásticas que integraron las palabras Bienvenidos, Argentina 78 y Mundial FIFA. Tres bandas musicales se unieron en diferentes marchas, mientras que en la pista de atletismo desfilaban banderas. El agasajo a las delegaciones participantes culminó con la tradicional suelta de globos y palomas.

 

Luego del Himno Nacional, las miradas se centraron en el palco oficial. Allí,-?vestidos de civil y calurosamente recibidos ?como describió Clarín?, estaban sentados los miembros de la Junta militar, Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Orlando Ramón Agosti; además del presidente de la FIFA, João Havelange; el interventor de la AFA, Alfredo Cantilo; el titular del Ente Autárquico Mundial 78, Antonio Luis Merlo, y el arzobispo de Buenos Aires, Juan Carlos Aramburu, que bendijo el torneo y leyó un texto enviado por el papa Paulo VI, donde abundaban las plegarias para organizadores, participantes y seguidores.

 

Con Cantilo se inauguró la lista de oradores: -Bienvenidos a esta tierra de paz, libertad y justicia, que se siente honrada con vuestra presencia..... Poco después, con su habitual tono monocorde y protocolar, Havelange certificó que ?en nombre de la FIFA, quiero saludar al gobierno, a los dirigentes deportivos y al pueblo de la Argentina por la contribución valiosa que hacen al ofrecernos con su país el escenario maravilloso para la Copa del Mundo 1978...?.

 

Luego llegó el turno de Videla, que anunció que aquél era -un día de júbilo para la Nación Argentina, en el marco de esta confrontación deportiva, caracterizada por su caballerosidad; en el marco de amistad entre los hombres y los pueblos, poco antes de declarar oficialmente inaugurado el torneo bajo el signo de la paz.

 

Aunque sonaron algunos silbidos aislados en las tribunas, las palabras del dictador tuvieron una discreta aceptación, tal como lo recordaría el ex futbolista Claudio Morresi. -Estaba en la cancha con mi tío y empecé a mirar a mi alrededor. En ese momento los policías eran muy fáciles de descubrir. Y noté la presencia de parejas; no sé si será cierto, pero percibí que, ante pasajes clave del discurso de Videla, aplaudían al mismo tiempo, como si estuvieran preparados. Esa actitud contagiaba al resto, revelaría años más tarde.

 

El 0 a 0 entre Alemania Federal y Polonia abrió la competencia, que se desarrollaría durante 25 días en cinco ciudades, con la participación de 16 selecciones. A partir de ese día la Argentina oficial tuvo dos obsesiones: la suerte del equipo nacional y la necesidad de demostrar al mundo que ésta era una tierra de ensueño. De la otra Argentina, la que estaba tras bambalinas, sólo bastará con mencionar que buena parte del torneo se jugó a quince cuadras de la ESMA, uno de los mayores centros de detención y tortura, y que dos clases de gritos, bien diferentes, se mezclaron aquel mes en el barrio de Nuñez.

 

Cuestiones de Estado

El régimen militar organizó cuidadosamente la Copa, de manera tal que no quedasen dudas sobre las bondades del país y su gobierno. Sin dudas, el Mundial ?78 fue una cuestión de Estado, un acontecimiento con la fuerza suficiente para enfrentar la campaña antiargentina orquestada desde el exterior, según calificaba el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional a las denuncias que se hacían ?en especial desde Europa? sobre las sistemáticas violaciones a los derechos humanos que se realizaban en todo el país.

 

Frente al fuego cruzado de acusaciones y refutaciones, la mayoría de los argentinos aceptó el desafío mundialista como si fuera un símbolo de la grandeza perdida.

 

Los militares vislumbraron además la posibilidad de unir laureles deportivos con gloria personal. Y al final del torneo, el objetivo había sido alcanzado: la gente tuvo su vuelta olímpica y la dictadura consiguió oxígeno político, al menos para un par de años más.

 

Pero la historia de las garras castrenses sobre el Mundial argentino había comenzado bastante tiempo antes. La Junta Militar, en su primera reunión ?el mismo día del golpe?, comprendió el provecho que podía sacar del evento y aceptó la idea del jefe de la Armada, Eduardo Massera, que consistía en poner en marcha el Operativo Copa del Mundo 1978, para asegurarse la organización del torneo.

 

La misión tenía una sola premisa: cualquier recurso podía ser útil. Por ello, entre el comienzo de la dictadura y la ceremonia inaugural, dos años y dos meses más tarde, hubo una serie de maniobras que no excluyeron asesinatos, negociados, fraudes y estafas.

 

La creación del Ente Autárquico Mundial 78 (EAM 78) respondía a la necesidad oficial de tener un organismo que programara la agenda y manejara las finanzas. Dirigido por el general Omar Actis ?ex interventor de YPF? y secundado por el capitán Carlos Alberto Lacoste ?hombre de confianza de Massera?, el EAM comenzó sus funciones en julio de 1976.

 

Muy pronto quedó clara la diferencia de proyectos entre los dos dirigentes: mientras Actis pretendía una inversión austera, Lacoste quería gastar lo que fuese necesario para lograr un Mundial faraónico.

 

Después de una fuerte discusión, el titular del Ente expulsó al marino. Pero la mañana del 19 de agosto de 1976, un comando subversivo de la organización Montoneros interceptó el auto de Actis y lo fusiló con ráfagas de ametralladoras.

 

Lacoste sería denunciado varios años después como el responsable intelectual del crimen, aunque por ese entonces ya era un poderoso integrante del séquito de João Havelange en la FIFA. De esta forma, la silenciosa batalla entre el Ejército y la Armada por ver quién se quedaba con el negocio del Mundial comenzó a inclinarse para el lado de Massera y sus secuaces.

 

El nuevo presidente del EAM 78 fue el general Antonio Merlo, un hombre propicio para dejarse influir, a quien Lacoste manejó sin dificultades. Fue desde su asunción que los costos comenzaron a trepar de modo inaudito, hasta alcanzar los 520 millones de dólares. Con esa cifra se podrían haber organizado cuatro mundiales más, si se tienen en cuenta los gastos del siguiente torneo (España 1982).

 

Se ordenó la completa remodelación de los estadios de River Plate, Vélez Sarsfield y Rosario Central, además de los nuevos de Córdoba (Chateau Carreras), Mar del Plata (Parque Municipal de los Deportes, luego José Minella) y Mendoza (Parque General San Martín, luego Islas Malvinas), cuya construcción había comenzado antes de la fundación del EAM 78.

 

Los aeropuertos y los sistemas de telecomunicaciones fueron puestos a punto con 200 millones de dólares, además de otro centenar que se invirtió en las reformas del Canal 7 de televisión, que a partir de la Copa se llamó Argentina Televisora Color (ATC). También se decidió instalar, en la localidad bonaerense de Balcarce, una estación satelital para retransmitir los partidos a todo el mundo.

 

La infraestructura hotelera fue preparada incluso con la participación de las azafatas de periodistas extranjeros, un grupo de hermosas mujeres, bilingües y solícitas, que acompañarían a los hombres de prensa para que nada les faltase durante su estadía en la Argentina. Por si quedaban dudas sobre la seriedad del proyecto, el EAM 78 contrató los servicios de la empresa de seguridad Juncadella, uno de cuyos cerebros era el todavía desconocido Alfredo Yabrán. También fue de la partida la empresa norteamericana Burson-Marsteller & Asociados, especializada en el mejoramiento de la imagen de países y gobiernos.

 

Despejar el horizonte

La labor de Merlo y Lacoste causaba grandes dolores de cabeza al ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz, quien advirtió a Videla sobre los desbocados presupuestos. La respuesta del militar fue clara: -Aunque costara cien millones de dólares más, aún sería beneficioso para la Argentina. Semejante afirmación delataba el interés político puesto en el proyecto. Pese a todo, todavía quedaba un problema en el horizonte soñado por la dictadura: la existencia de Montoneros.

 

La única organización con capacidad de boicotear el Mundial a fuerza de atentados estaba comandada desde el exterior por el líder guerrillero Mario Eduardo Firmenich, un personaje oscuro que ya había colaborado con los servicios de inteligencia del Ejército, según se afirma en El libro negro de los mundiales de fútbol (Editorial Planeta, 1994). El almirante Massera evaluó en su escala de intereses si importaba más la ambición o la ideología, y no vaciló en entrevistarse con el montonero en la embajada argentina en París, a fines de 1977.

 

En la charla se pactó una ?garantía de paz durante el torneo, pero sin la orden de cese el fuego. Elena Holmberg trabajaba en la embajada al momento de la reunión. Diplomática de carrera y defensora del Proceso, su labor consistía en ahuyentar la muy mala prensa que tenía la Argentina en Francia. Cuando se enteró del encuentro entre Massera y Firmenich, le resultó intolerable que un extremista negociase con el gobierno y amenazó al marino con hacer público el acuerdo. Poco después regresó, y en enero de 1979 su cadáver apareció flotando en el río Luján.

 

Con un presupuesto ilimitado, la guerrilla arreglada y la población expectante, los militares sólo temían al fracaso deportivo de la Selección. En octubre de 1974, David Lorenzo Bracuto, entonces presidente de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), le había otorgado al exitoso entrenador de Huracán, César Luis Menotti la dirección técnica del seleccionado.

 

Menotti tenía en sus manos un proceso difícil: lograr que la Argentina fuese un equipo respetable después de décadas de papelones internacionales. Finalmente, y a lo largo de casi cuatro años, el ex técnico de Huracán tuvo que ensayar muchas variantes para armar un conjunto competitivo, capaz de alzarse con el título.

 

Adiós Carrascosa

Menotti llegó a la Selección no sólo por sus méritos como entrenador, sino también por la afinidad que tenía con el poderoso dirigente sindical Lorenzo Miguel, que no ahorró esfuerzos en convencer a la plana mayor de AFA sobre lo beneficioso que podría ser ese técnico joven, de aspecto desganado, pero con conceptos futbolísticos que resaltaban la diversión sobre el resultado.

 

Tal vez Menotti no hubiese aceptado la travesía si el gobierno de María Estela Martínez de Perón hubiera tenido la imperativa necesidad de ganar el torneo, como sí la tendrían después los militares.

 

Tal como los rumores presagiaban, llegó la madrugada del fatídico 24 de marzo de 1976, y pocas horas después el golpe de Estado le fue anunciado al plantel argentino ?que estaba de gira en la Unión Soviética? por el relator deportivo José María Muñoz con un discurso tan seco como optimista: -Por suerte no hay que lamentar desgracias personales o derramamientos de sangre, rubricó. César Menotti confesaría mucho después que aquel día dudó entre volver al país o el exilio; su afiliación y militancia en el comunismo local eran una pésima carta de presentación ante los dictadores de turno.

 

Después de numerosas cavilaciones, decidió el regreso a Buenos Aires y se sorprendió al ser confirmado en su cargo por el interventor de la AFA, Alfredo Cantilo. No sólo tenía asegurado el cumplimiento de su contrato sino que también se le otorgó plena libertad a su proyecto. Nunca se sabrá si detrás de ese apoyo también se escondió la orden de ganar el Mundial por derecha o por las armas.

 

Si bien la Selección tenía buenos jugadores, como Leopoldo Jacinto Luque (River), René Orlando Houseman (Huracán), Daniel Alberto Passarella (River) y Ricardo Daniel Bertoni (Independiente), en conjunto aún no se lograba alcanzar el nivel de las potencias europeas, que mostraban un juego más rápido y efectivo. Por eso en el invierno de 1977 se organizó una serie de siete partidos internacionales en la cancha de Boca Juniors, con el propósito de lograr al fin una base de juego.

 

Rápidamente comenzó a circular la versión de que si el equipo no cosechaba al menos nueve de los catorce puntos en juego, Menotti debería renunciar, dejando el paso libre para el entrenador de Boca, Juan Carlos Lorenzo. Sin embargo, en aquella serie de juegos, el equipo logró los puntos necesarios, y el periodismo y la gente se limitaron a coincidir en dos puntos: que al equipo argentino todavía le faltaba camino por recorrer y que, sin dudas, la gran figura había sido el lateral derecho de Huracán, Jorge Carrascosa. Quizás por eso, su renuncia al seleccionado, cinco meses después, resultó inexplicable y sospechosa.

 

-De ninguna manera voy a ser instrumento de esta dictadura militar, cuentan ciertas crónicas que dijo Carrascosa al anunciar la decisión a sus compañeros y al cuerpo técnico, aunque hasta el día de hoy sigue negando esa frase. Otra versión extraoficial es la que une la deserción del jugador con una solicitada de apoyo de la izquierda peronista al gobierno de Héctor Cámpora, que Carrascosa firmó en marzo de 1973. Tal vez un jugador con ?semejantes? ideas no debía ser parte del afiche institucional. Lo cierto es que Menotti tardó meses para encontrar en Jorge Mario Olguín el difícil reemplazo del defensa.

 

Los últimos detalles

El cronograma elaborado en conjunto por el Ente y la FIFA para 1978 comenzó el 14 de enero, cuando en el Centro Municipal San Martín se sorteó el fixture de la Copa del Mundo. Los bolilleros organizaron a los participantes en cuatro zonas de cuatro equipos cada una. El seleccionado de Menotti habría de jugar contra húngaros, franceses e italianos en el estadio de River Plate. El último campeón, Alemania Federal, fue agrupado con Polonia y los débiles México y Túnez. Los holandeses, serios aspirantes al título, tendrían que medir fuerzas con Escocia, Perú e Irán. Y Brasil encontró en españoles, suecos y austríacos los rivales de su zona.

 

Poco a poco el fútbol pasó a ser el eje de la vida social argentina, lo que demuestra la destreza de la dictadura a la hora de tapar la represión. Pero la capa de maquillaje hubiese sido impracticable sin la ayuda de la prensa, que alentó la efervescencia con un promedio creciente de páginas o minutos dedicados al torneo; las noticias sobre enfrentamientos con guerrilleros o campañas antiargentinas cedieron espacio y, de pronto, el país fue la versión sudamericana del Edén. Según el libro El director técnico del Proceso, de Roberto Gasparini y José Luis Ponsico (El Cid Editor, 1983), las puntas de lanza para edificar un periodismo obsecuente y distractor fueron -Héctor Drazer desde ATC, Juan de Biase desde Clarín, José María Muñoz desde Radio Rivadavia y Héctor Vega Onesime desde El Gráfico.

 

Semanas antes al comienzo de la Copa, todos los medios de prensa argentinos recibieron una circular oficial en la que se vedaba cualquier clase de crítica al evento. Como ejemplo, los consejos que recibieron los periodistas de la revista Goles Match: -La línea política de nuestras publicaciones debe ser prolijamente encauzada hacia una actitud mesurada y constructiva, de inteligente apoyo crítico a las instituciones, a las autoridades y a los hombres que tienen y tendrán la muy compleja tarea de llevar a buen destino las actuales y futuras etapas del país. En ese sentido, seremos absolutamente intransigentes con toda manifestación periodística que apunte irresponsablemente a fomentar descontentos o tienda a la disociación de la paz social o de la unidad nacional.

 

Dentro de la misma línea, el personal de Radio Splendid sufrió un comunicado de tono imperativo: -En consideración al espíritu patriótico que debe guiar a todos los argentinos ante el mundo, durante los próximos días, y hasta la finalización del Campeonato Mundial de Fútbol ?78, fíjase como pauta oficial de la emisora la abstención absoluta de comentarios adversos a nuestra Selección, en forma particular o general, en todos los programas de la misma, sin excepción.

 

En tanto, el equipo al que no se podía criticar finalizaba su preparación con una serie de partidos amistosos ante Rumania, Irlanda y Uruguay. César Luis Menotti ya había elegido a los 22 jugadores que disputarían el torneo, y para ello tuvo que dejar fuera del plantel a Diego Armando Maradona, un joven de Argentinos Juniors que prometía ser el nuevo héroe del fútbol argentino.

 

La elección final de futbolistas no fue fácil: Ubaldo Matildo Fillol, el arquero de River Plate, recién se incorporó en octubre de 1977, luego de casi dos años de distanciamiento con el técnico. Quien luego fue goleador y figura del Mundial, el cordobés Mario Alberto Kempes, no era tenido en cuenta por Menotti, a quien no lo terminaba de convencer pese a su estrellato en el fútbol español. El secretario técnico Rodolfo Kralj siguió el rendimiento del delantero durante 40 partidos, y sus conclusiones ante Menotti fueron decisivas para que al fin fuera convocado. Otro caso que trajo dificultades fue el defensor Osvaldo Piazza, que jugaba en Francia. Recién incorporado al plantel se enteró que su esposa se había accidentado, y debió regresar a Saint-Etienne.

 

El 23 de mayo la AFA presentó el listado de buena fe para el Mundial: Norberto Alonso, Osvaldo Ardiles, Héctor Baley, Ricardo Bertoni, Ubaldo Fillol, Américo Gallego, Luis Galván, Rubén Galván, René Houseman, Mario Kempes, Daniel Killer, Omar Larrosa, Ricardo La Volpe, Leopoldo Luque, Jorge Olguín, Oscar Ortiz, Miguel Oviedo, Rubén Pagnanini, Daniel Passarella, César Tarantini, Daniel Valencia y Ricardo Villa.

 

El último mes de espera terminó con la visita de la delegación argentina a la Casa Rosada. En una reunión a puertas cerradas, Videla fue explícito: obtener la copa era de gran importancia para el país y su imagen ante el mundo. Además de la defensa patriótica de los colores deportivos, el dictador puso énfasis en el fair play (juego limpio). Había que demostrar, mediante el fútbol, que ésta era una nación pacífica, ?derecha y humana?. Paralelamente, varios jugadores europeos confesaban que el viaje a la Argentina les provocaba temor por su seguridad personal. En Francia, los sectores progresistas intentaron que su representación no participara, e incluso el entonces jefe del Partido Socialista François Mitterand premió a los botones del Hotel Meurice que se negaron a llevar las valijas del almirante Armando Lambruschini.

 

Johan Cruyff, estrella de Holanda en el Mundial de Alemania ?74 y figura en España, en el club Barcelona, anunció su retiro del seleccionado como medida de protesta contra la dictadura anfitriona. La respuesta absurda llegó desde la revista El Gráfico, que publicó una sospechosa carta del capitán holandés Ruud Krol ?dirigida a su hija? en la que afirmaba que los soldados argentinos sólo ?disparan flores de sus fusiles?. Años después se supo que el verdadero redactor de esa carta había sido el periodista Enrique Romero.

 

La criticada posición que asumió la revista deportiva más importante del país fue siempre uno de los puntos más oscuros de sus 84 años de vida. El periodista Eduardo Rafael recordó aquel momento de la historia de El Gráfico. ?A mí se me acercó el director de la revista y me dijo que, a partir de ese momento, no se podía criticar al seleccionado. El Mundial ?78 fue el momento empresarial para apoyar a la Selección, de ese modo se podían vender muchos más ejemplares.? Evidentemente la decisión de los directivos fue la acertada, porque llegaron a vender más de 300 mil ejemplares por número durante la competencia, con picos de 500 mil.

 

A la misma hora que comenzó el Mundial, las Madres de Plaza de Mayo repetían su peregrinaje circular de cada jueves. Calificadas de ?locas? por la publicación femenina Para Ti, este grupo de mujeres encontró sus primeros ecos en algunos periodistas extranjeros que obviaron la fiesta que se desarrollaba en River. Dentro de ese contexto sonó el silbatazo de Ángel Coerezza, el árbitro argentino designado para el partido inaugural, que por aquellos años también regenteba una cantina en el complejo militar de Campo de Mayo, de acuerdo con la revista Yo Fui Ttestigo.

 

Comienza la fiesta de todos

La Argentina le ganó a Hungría por 2 a 1 en el debut y cuatro días después repitió el resultado ante Francia; así se aseguró la clasificación para la siguiente fase. El 10 de junio, cayó 1 a 0 ante Italia y resignó el primer puesto de su grupo. El equipo de Menotti quedó en la Zona B y debió viajar a Rosario para enfrentar, entre el 14 y 21 de junio, a Polonia, Brasil y Perú. Por su parte, alemanes federales, austríacos, holandeses e italianos también pasaron la etapa inicial y fueron reagrupados en la Zona A, con sede en Buenos Aires y Córdoba. Los primeros de cada grupo jugarían la final, mientras que los segundos habrían de hacerlo por la medalla de bronce.

 

Luego de una noche heroica frente a Polonia, en la que Kempes hizo los dos goles del partido y Fillol le atajó un penal al talentoso Deyna, hubo un empate en cero con los brasileños, que tres días después ganaron su último encuentro por 3 a 1 y obligaron a los locales a ganarle a la selección de Perú por cuatro goles de diferencia, si es que pretendían jugar la final.

 

Esa misma semana, los argentinos podían leer en Clarín: -Resulta claro que la subversión constituyó un brote que tuvo un efímero apoyo político, sin arraigo en las masas. Es igualmente claro que está derrotada. También la conciencia de la victoria se encuentra difundida en todos los niveles del poder y del pueblo. Sólo así puede llevarse adelante, con discreta y eficaz vigilancia, una serie de espectáculos multitudinarios por naturaleza.

 

Peligro de gol, peligro

El partido contra Perú y su célebre resultado final quedarán para siempre envueltos en un contexto de irrealidad. Las decenas de comentarios sobre el desempeño moral de todos los protagonistas casi han alcanzado el rango de fábula; ya no se pude distinguir verdad de mentira y toda conjetura parece desembocar en la máxima ?piense mal y acierte?, acuñada por aquellos años. Las estadísticas dicen que la Argentina ganó 6 a 0 y se clasificó para la final, un resultado que la dictadura necesitaba tanto como cualquier otro de sus pactos diabólicos.

 

Todo comenzó a las 19.15. El estadio de Rosario Central estaba desbordado de gente que ignoraba la visita, minutos antes de empezar el juego, de Videla al vestuario argentino para desear algo más que éxitos. Una versión jamás confirmada decía que el gobierno argentino habría repartido 250 mil dólares entre algunos jugadores peruanos para evitar molestias en el trámite hacia la copa. Ramón Quiroga, arquero argentino nacionalizado peruano, figuraba en todas las listas acusatorias, pero él se limitó a repetir: ?Yo no me vendí?.

 

Apenas había transcurrido una hora desde el comienzo y ya se habían anotado los cuatro goles tan ansiados. El equipo daba la impresión de aplastar a un rival que, en los primeros quince minutos, había pegado dos remates en los palos, pero que en ese momento parecía un conjunto de aficionados con mala predisposición. Se lograron dos goles más y la hazaña quedó consumada. Pero a más de 300 kilómetros del partido, en la calle Amenábar del barrio porteño de Belgrano, los festejos por la clasificación a la final se habían disipado muy rápidamente. Un kilo y medio de trotyl había destruido la casa de Juan Alemann, secretario de Hacienda de Martínez de Hoz, en el instante en que Luque lograba el esperado cuarto gol. Alemann había denunciado los exorbitantes gastos del EAM 78, hechos ?a la ligera? y con un responsable que tenía ?nombre y apellido?, una alusión clara a Carlos Lacoste. El atentado no provocó muertes pero el mensaje silenciador estaba cumplido.

 

La Copa del Mundo llegaba a su fin y sólo dos representaciones quedaban en pie: los dirigidos por Menotti y Holanda, que había clasificado con comodidad en su zona. El día previo a la final, Brasil le ganó 2 a 1 a Italia y se quedó con el tercer puesto y un manojo de denuncias contra argentinos y peruanos.

 

O juremos con gloria morir

?De acuerdo con informaciones procedentes de los Países Bajos se ha desarrollado allí un estado de genuina presión psicológica respecto a cómo comportarse de cara a las autoridades y a la persona del presidente argentino. Los medios de difusión de Europa occidental se esforzaron en señalar que en la Argentina se distrae al pueblo de sus aparentes sufrimientos bajo un régimen tiránico. Hasta se insistió absurdamente en comparar la situación actual argentina con la de la Alemania nazi de 1936, cuando allá se efectuaron los Juegos Olímpicos (...) Nuestro gobierno actual fue y sigue siendo un régimen imperante en una situación de emergencia y nunca se buscó ningún espaldarazo en la realización del mundial de fútbol.? (Manfred Schönfeld, La Prensa, 24 de junio de 1978).

 

Mario Kempes abrió el marcador y casi una hora de juego más tarde, cuando todos comenzaban a intuir el triunfo argentino, un fulminante ataque holandés, terminó con un cabezazo de Nanninga y el inesperado empate de los europeos, a tan sólo nueve minutos del final. Pero lo más alarmante para la dictadura todavía estaba por pasar. En la última jugada, Rensenbrink se filtró por detrás de Olguín, enfrentó a Fillol y con el último esfuerzo, superó la tapada del arquero argentino. Por un instante, mientras la pelota avanzaba inexorablemente hacia el arco, el sueño megalómano de la dictadura quedó paralizado y los culos de Videla, Massera y Agosti de pronto fueron los más cerrados del planeta, como describiría el novelista Juan Sasturain en el libro La Argentina en los mundiales. Sin embargo, ante el estupor de 70 mil personas enmudecidas, la pelota pegó en el palo, ensimismada, y regresó al área, como si nada hubiera pasado. Luego, la historia es por demás conocida: llegó el suplementario y con él, los goles de Kempes y Bertoni, y el silbatazo final del italiano Gonella, decretando que la Argentina era, por primera vez, campeón mundial de fútbol.

 

Un hecho que casi todos vieron como un gesto propio de ?malos perdedores? fue la ausencia del plantel holandés en la entrega de trofeos. Esta actitud confirmaba la política de desprecio que los europeos tenían respecto de la dictadura militar argentina. Pero pocos entendieron ese detalle, porque en esos momentos el capitán Daniel Passarella estaba alzando la copa para regocijo de todo un pueblo, pero en especial para un grupo de militares que jamás concibieron otro final posible, como explicó Massera al día siguiente en el diario La Nación: ?¿O acaso no somos capaces de darle al país lo que somos capaces de darle a un acontecimiento deportivo ?? El marino sentía la euforia general como un triunfo personal.

 

El domingo 25 de junio de 1978 entró en la historia popular argentina como un día de gloria. El Estadio Monumental se transformó en un templo catártico, lleno de banderas y papelitos que flotaban en el aire. Los cantos y aplausos se distribuían a lo largo de las tribunas y la escena se repetía calcada en todas las provincias del país. Era el festejo de millones de personas que ignoraban su condición de actores secundarios en una trama escrita bastante tiempo atrás. Mientras el estadio de River Plate comenzaba a vaciarse lentamente para seguir los festejos en las calles porteñas, un espectador logró acercarse al palco oficial para compartir su euforia con Videla. El dictador le agradeció con una sonrisa prolija, casi geométrica, y respondió: ?Claro que estoy contento. Este partido lo ganamos todos los argentinos, ¿no lo cree usted así ??.

 

MIERCOLES 25 de Junio de 2003 - ENVIAR POR E-MAIL

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Argentina 78

"En ese equipo todos jugaban bien"

http://www.lanacion.com.ar/03/06/25/dd_506380.asp

 

César Luis Menotti, el técnico de los campeones, rememora vivencias y anécdotas del máximo logro deportivo de su carrera

 

 

¿Qué habría sido de su carrera si el tiro del holandés Rensenbrink se hubiese desviado de su trayectoria hacia la derecha apenas unos tres centímetros?

 

Había una vez un hombre, César Luis Menotti, cuyos sueños se paralizaron en la tarde-noche del 25 de junio en el Monumental, como los de tantos otros argentinos. Por esas cosas del fútbol, la pelota se inclinó hacia la izquierda, pegó en el palo e hizo de Menotti un hombre tan discutido como imprescindible para el fútbol argentino de los últimos 25 años.

 

La final del Mundial 78 frente a Holanda fue un partido increíble en emociones. La guapeada del grandote conocido por todos como El Matador en el último minuto del primer suplementario quedó inmortalizada en el recuerdo de muchos argentinos como una epopeya futbolística. Después vino el gol de Bertoni y la coronación de cuatro años de trabajo en los que se formó una selección del Interior, se revalorizó el fútbol juvenil y se delineó el primer equipo campeón del mundo de nuestro país. Los ademanes de Menotti, su controvertida vocación discursiva y ciertos aires de solemnidad hasta para encender un cigarrillo sirven de apoyatura para una mirada al pasado junto con el hombre, el ex futbolista, el técnico y el ciudadano.

 

-¿La obtención del Mundial cambió para siempre su vida?

 

-De verdad te digo, mi vida sería la misma. El título es algo efímero, es un trofeo. Si yo como futbolista o como técnico no disfruto de las 30 fechas de un campeonato, sólo voy a gozar con los minutos que duren los festejos. La final es el último partido y nada más.

 

-Varios de los campeones, entre ellos Kempes y Gallego, confesaron que sólo mucho tiempo después se dieron cuenta de lo que lograron.

 

-Ahora puede ser que te des cuenta de la dimensión de ese torneo. La selección venía muy bastardeada. Incluso yo llegué a renunciar porque Boca y River me sacaron los jugadores de una concentración. Cantilo (ex presidente de la AFA) tenía una firmeza que no aceptaba presiones y que combatía con Armando y Aragón Cabrera para que Boca y River entendieran lo que estábamos construyendo. Con él, en ese mismo momento, se ganó la primera batalla: que el comité ejecutivo aprobara nuestro plan de trabajo. A partir de allí pudimos llevarnos juveniles para jugar en el exterior, llevar a la selección a todas las provincias del país y hacer un trabajo a largo plazo.

 

-¿Está en paz con respecto a su relación con los generales de la dictadura?

 

-Mi relación era con el fútbol, no con el Proceso. Yo a Lacoste lo vi dos veces en mi vida. Los que mandaban eran Cantilo y Julio (Grondona). Una vez Cantilo me llamó y me dijo: "A usted lo conozco mucho más de lo que usted cree, y tenga en cuenta una cosa: acá no estamos para hacer política". Te digo más, alguna que otra vez me quisieron echar por mis ideas contrarias al Proceso. Estoy seguro de que no les caía simpático, pero cuando ganás sos Gardel.

 

-¿Qué sensación vivió cuando tuvo que compartir actos con los militares?

 

-No me gustaba. Pero yo era entrenador, nada más. Yo nunca entiendo por qué me señalan tanto a mí y no a los empresarios, a los medios o a los periodistas. Como ciudadano lo viví mal y todos los que formamos parte de ese plantel tenemos la conciencia tranquila.

 

-Hoy, a la distancia, ¿para quién cree que jugó esa selección?

 

-Me acuerdo de que la charla previa al partido estaba basada en la gente. Cuando la cerré les dije que cuando se pararan en el centro de la cancha no miraran el palco oficial y que levantaran la cabeza pensando en sus viejos, sus familias y todas aquellas personas que sienten el fútbol. Pensando en ellos, en la gente, teníamos que mantener la dignidad de nuestro juego. No podíamos traicionarnos, tirar la pelota afuera... Yo quería que los jugadores, como argentinos, tuviesen en cuenta lo que vivía la gente y cómo siente el fútbol. Porque el futbolista argentino tiene una historia por defender.

 

-¿El equipo fue un fiel reflejo de su idea futbolística?

 

-Yo lo había preparado para que defendiera una idea. Estaban muy metidos y concientizados respecto de para quién jugábamos. Queríamos acrecentar el respeto hacia el jugador argentino, que heredamos de tipos como Sívori, Di Stéfano, etcétera... Como ahora los más jóvenes lo heredan de Diego, Batistuta, el Cholo, Samuel... Con un éxito de selección, más allá de la vanidad de uno, pudimos respetar ese legado histórico. La gente estaba muy metida con ese Mundial.

 

-¿Es cierto que usted tenía el deseo de jugar la final con Holanda?

 

-A ese seleccionado lo estudié mucho para aprender. Era como el equipo a vencer, yo quería jugar ante ellos. Era un desafío que tenía. Presionan a todo el mundo, pero con nosotros no van a poder, me decía a mi mismo. Si nosotros les agrandamos la cancha para atrás, mucho no van a poder. En un momento, Rensenbrink levantó la mano para arriba, como diciendo contra éstos no se puede. Y eso fue una satisfacción. Cuando se abrió la zona y nos fuimos a Rosario, estaba convencido de que íbamos a jugar frente a ellos en la final.

 

-¿Cómo les explicaría a las generaciones que no vieron a ese equipo cómo jugaba?

 

-Era un equipo con una técnica depurada. En ese equipo todos jugaban bien. En todas sus líneas se notaba. Un equipo muy ofensivo y con una capacidad de entrega increíble. Y tenía un jugador que debería estar en la galería de los grandes futbolistas, como Mario Kempes.

 

Su festejo en el Obelisco

 

Poco después de levantar la Copa, Menotti, de incógnito, fue a festejar al Obelisco. "Fue una promesa que hice y la tenía que cumplir. Antes del partido con Holanda le dije al utilero que me preparara una camiseta y que me esperara en la camioneta. Cuando llegué, casi no había nadie. En un momento uno me dijo: ¡Vos sos Menotti! -A lo que le respondí: ¡qué Menotti, dejame festejar!, rememoró el DT.

 

 

STAFF: Redacción: Cristian Grosso, Martín Castilla, Andrés Prestileo, Juan Manuel Trenado, Ariel Ruya y Leticia Ríos. Diseño: Matías Vignau. Edición fotográfica: Carlos Crusoe. Fotografía: Fabián Mauri y Archivo. Imágenes: Gustavo Filippini, Raúl Vallejos.

 

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Punto de vista

El fútbol, la vida, la historia

http://www.lanacion.com.ar/03/06/25/dd_506408.asp

 

Por Bartolomé de Vedia

De nuestra Redacción

 

Hace veinticinco años, los argentinos ganamos por primera vez el Mundial de fútbol. Como éramos locales, la fiesta la dimos en casa. El Obelisco fue testigo impasible de una explosión de alegría popular que no registraba antecedentes.

 

Pero no todas eran luces. Había sombras y sollozos ahogados de dolor en muchos rincones del país. Es que la década del 70, que se acercaba a su fin, había sido sangrienta y despiadada. El terror político -desatado por las organizaciones subversivas y asumido luego insólitamente por los grupos de tareas del Estado- le había arrebatado la vida salvajemente a muchos miles de argentinos.

 

En rigor, el país no estaba para fiestas. ¿O sí? En realidad, unos argentinos pensaban que sí y saltaban jubilosos en todas las plazas de la República. Otros pensaban que no y rumiaban su dolor y su espanto en el silencio de sus corazones. Algunos acumulaban su indignación ante una mesa de café, mientras por las ventanas veían pasar a los que festejaban alegremente la conquista del Mundial. Como en el tango, "el carnaval del mundo pasaba y se reía".

 

Esa era, en definitiva, la tragedia argentina: un país partido por la mitad, una nación cortada en dos por una dicotomía tragicómica en la que el fútbol y la muerte dirimían la más absurda contienda de la historia.

 

En la Argentina de 1978 había dos maneras extremas y excluyentes de ver la realidad. Para unos, el fútbol era todo. Para otros, el terror y la violencia absorbían toda la escena; frente a esos macabros competidores, el fútbol resultaba una intolerable frivolidad.

 

A veinticinco años de distancia, es posible mirar las cosas con más objetividad. La vida de un país está hecha de luces y sombras, de alegrías y tragedias, de casilleros blancos y casilleros negros. Suponer que sólo hay espacio para una parte o fracción de la realidad -la negra o la blanca- es caer en un reduccionismo intelectual y abstracto que choca con la naturaleza misma de la vida.

 

En 1978 hubo dolor y muerte, pero hubo -también- fútbol y alegría. La vida fluye siempre de esa manera: con luces y sombras, con durezas y blanduras. Y así escriben su historia los pueblos: con el alma henchida de júbilo y, a la vez, con el alma hecha jirones. Aceptémoslo. Y tengamos la lucidez para extraer de cada vivencia la lección que corresponda. No ocultemos la realidad, pero mirémosla toda entera, no con el ojo del reduccionismo sectario.

 

Juguemos al fútbol sin que la sombra de la muerte se filtre en los estadios por alguna rendija. Y lloremos las vidas perdidas sin que ningún estrépito nos distraiga de nuestro dolor. Vivir, morir, gritar un gol: todo es parte de ese misterio que llamamos la vida.

 

PAGINA 12 - 25-06-2003

 

Balance a un cuarto de siglo del Mundial  '78

 

Hace exactamente 25 años, el domingo 25 de junio de 1978, la selección argentina de fútbol obtenía por primera vez el título de campeón del mundo en el remodelado Monumental. El equipo de Menotti llegaba a la cima en el Mundial organizado por la Dictadura. En las tribunas, la multitud celebraba; en el palco oficial, los asesinos también.

 

A las 17.35 del frío domingo 25 de junio de 1978 el tablero electrónico del remodelado estadio de River mostró la palabra ¡Campeones!, porque Argentina, el equipo de Menotti, acababa de ganarle 3-1 a Holanda en la final del Mundial, desatando en el país el desahogo de una población sometida a las más oprobiosas presiones políticas y sociales. La causa de los desaparecidos durante la dictadura que había comenzado en 1976, la lucha a nivel internacional por la defensa de los derechos humanos y la presión ejercida a nivel político y social por el logro de un triunfo deportivo hicieron que el grito del triunfo actuara como válvula de escape para millones de argentinos.

 

Esa noche, no solamente en Buenos Aires sino también en muchas ciudades del interior, la gente se lanzó masivamente a las calles para festejar el triunfo en el Mundial sin el indispensable requisito, hasta ese momento, de salir "con documentos por si te paran el ejército o la policía", como era costumbre en los severos operativos de control de la dictadura. Era tiempo de terror, de especulación y "plata dulce", pero también de triunfos deportivos: Monzón, Galíndez, Reutemann y Vilas.

 

El festejo futbolero fue demorado porque, arrancada la competencia, luego de los triunfos ante Hungría y Francia vino la derrota ante Italia, y se alzaron las críticas y las dudas, aunque el pueblo rosarino se mostró eufórico al recibir al equipo que debió cambiar de sede. Llegaron entonces el triunfo clave ante Polonia, el empate ante Brasil y la necesidad de una goleada ante Perú, que se logró, aunque tiempo después, ya en democracia, muchos la calificarían de sospechosa. 

 

Pero llegó la final y, más allá de cualquier duda, el equipo argentino, con Mario Kempes como figura excluyente, dio esa fría tarde de junio una muestra de fútbol brillante ante un equipo que, más allá de la ausencia de Cruyff, cuatro años antes había deslumbrado con su fútbol total en el Mundial de Alemania.

 

Argentina, por primera vez en su historia, era campeón del mundo. A pocas cuadras del Monumental la ESMA resumía la otra cara del Mundial. Festejaron los dictadores y festejó casi todo el país.

 

Pagina12/WEB, el pais a diario.

PAGINA 12 - 25-06-2003

 

No quiero minimizar la dictadura pero no saquemos las cosas de contexto""

 

Cesar Luis Menotti

 

-Cuando arrancó su ciclo en el '74, ¿imaginaba que quedaría en la historia?

 

-No pienso en eso ni me quiero hacer el bueno. Para mí estar en la Selección, tener la posibilidad de tener los mejores jugadores, de dirigir un Mundial, era lo que me hacía más feliz. Me acuerdo de un partido contra Uruguay en la cancha de Vélez, en que la gente sacó pañuelos blancos, parecía España. De eso sí me acuerdo, del "ole" en ese partido. Les ganamos en el Centenario después de 25 años; de esas cosas sí me acuerdo.

 

-¿El título era una obsesión o creyó que era posible con el correr de los partidos?

 

-Cada partido era la muerte, sobre todo en la primera ronda. Ya cuando sortearon el fixture me agarré la cabeza. Cuando salió Francia me quería morir, me cagué todo porque quedar afuera en la primera ronda era más terrible que ahora. Los primeros minutos del Mundial fueron durísimos. Pero lo que vivíamos con la gente fue increíble: no podíamos cruzar la General Paz con el micro; una vez tuvimos que bajar nosotros a pedirles que nos dejaran pasar, que llegábamos tarde a jugar. Así todos los partidos. Mi orgullo es que estábamos representando a todos esos tipos.

 

-Aclaremos un mito: se buscó la derrota contra Italia para ir a jugar a Rosario...

 

-Están locos. El peso de la derrota se siente más cuando te tenés que ir. No querés, te vas vencido.

 

-¿El pico futbolístico de ese equipo se dio en la final?

 

-Jugamos muy bien contra Polonia. Ahí empezamos a asegurar las convicciones porque ese día el equipo se transformó. Desde mi óptica era un equipo invencible, no podía perder. Era un plantel muy técnico, riquísimo, muy especial y muy difícil de ganarle. La prueba fue que cuando terminó el Mundial salimos de gira e hicimos un desastre. Le dimos un baile a Holanda, a Italia, a Austria, a Escocia, a Irlanda, a todos.

 

-¿Kempes era el Distéfano del equipo?

 

-En el gol de la final él hace el saque del arco... Distéfano me dijo -antes del Mundial- que después de lo que él había hecho en España, venía Kempes. Y acá pareciera que Kempes no hubiese jugado, cuando fue un fenómeno para estar en una pared al lado de Diego y de Sívori. Fue una cosa seria de verdad, y no le dieron ni bola. El gol que hace en la final, y el que hace contra Polonia, fueron dos goles para pasarlos toda la vida.

 

-¿Cuál fue el momento de más tensión?

 

-Contra Brasil. No sé por qué pero había una bronca bárbara. Era una lucha medio ideológica, y en vez de jugar fuimos a meter, a luchar.

 

-¿Y contra Perú?

 

-Yo contra Perú me jugaba la vida. Ellos venían cansados, y nosotros estábamos con todo. Me tenía un confianza enorme. Me río cuando dicen que estaba arreglado, porque el tiro en el palo también lo arreglamos...

 

-¿Sintió algo especial porque el rival de la final fuera Holanda?

 

-Yo sufrí mucho viendo a Argentina en el '74. El sueño de mi vida era jugar con ellos la final. No quería a otro rival. Ellos eran la revolución en Europa, con jugadores extraordinarios.

 

-¿Pensó en algún momento del Mundial que necesitaba a Maradona?

 

-Kempes fue capaz de opacar cualquier otra cosa. Yo estaba seguro de que Maradona no tenía que estar; en mis planes, lo preparábamos para el Mundial '79. Si Argentina quedaba afuera con Maradona, yo hubiera sido un boludo que llevé un pibe de 16 años...

 

-Lo curioso es que todavía se reclame que tendría que haber estado...

 

-Eso parte de un sector del periodismo, y porque yo era el entrenador. Diego era un fenómeno con 16 años. Y yo tenía en ese sector a Kempes, Villa y Larrosa, porque tenían oficio y físicamente estaban dotados. No quiero dar nombres, pero por ahí me equivoqué, no en no llevar a Maradona, sino en reemplazarlo por otro.

-¿Por Alonso? -Eso lo dicen ustedes.

 

-Pero es la primera vez que lo reconoce.

 

-Bueno... no sé, en los medios, puede ser. Siempre lo pensé, pero quizá puede influir todo lo que vi después. Yo odio tanto la vanidad que hasta me parece vanidoso un tipo que grita mucho los goles -mirá si será boludo...-; me molesta un tipo que grita un gol de penal. Y a un tipo que me baila una cumbia después de hacer un gol me dan ganas de romperle los dientes.

 

-¿Por qué bajó tanto su rendimiento Valencia?

 

-El realzó su compromiso con el otro mundo, el del pueblo, el de Córdoba, del whisky y el cigarrillo. El era capaz de tirar un penal afuera para no ganar por penales... Pero tampoco es así el juego. Si en Valencia hubiera hecho lo que hizo en Talleres en la cancha de River, hoy estaría al lado de Sívori.

 

-¿Usted logra disociar lo que fue el Mundial '78 de lo que se vivía políticamente en el país?

 

-Esto es como cuando alguien me preguntó por qué iba a un programa de Neustadt, y yo le recordé que él -el que me preguntaba- trabajaba en Clarín. Y ahí no hay mucha diferencia... Yo lo tengo muy claro: para mí, la política es otra cosa. La revolución no la hacen ni los futbolistas ni los músicos ni los actores, lo digo en el sentido de revolución como cambio. Eso se hace de otra manera. A mí también me hubiese gustado ser campeón del mundo en Cuba, pero tampoco me gusta ganar en una democracia donde la gente se caga de hambre, y los que la pasan bien son los que tienen guita. Yo entre la democracia de ese país y la dictadura de Fidel Castro, me quedo con la dictadura de Fidel.

 

-¿Pero no lo perturbaba lo que sucedía?

 

-A mí me duele mi país. Yo me inicié en el Partido Comunista, y en la época del peronismo mataban a los dirigentes. Yo las persecuciones, la picana y todo eso lo conozco por amigos míos, dirigentes ferroviarios que vivieron así todo el tiempo. Pero cuando entro a una cancha de fútbol pienso en lo que siento ahí, no lo asocio de ninguna manera. Me produce el mismo asco la cara de estos tipos (los milicos) como la de otros que fueron elegidos. El daño que hacen es igual, tanto en la muerte como en la desculturalización. La mentira que vivimos en los últimos diez años, en los noventa, sí que es grave. No hay que perder la memoria de la dictadura, pero no nos hagamos los boludos: lo de Menem también era jodido. Esto es discutir los fusilamientos de Cuba como hechos aislados; entonces, no pongamos a la dictadura como único ejemplo. La metodología fue mucho más cruel, pero esto pasa en la Argentina hace 50 o 60 años.

 

-Es que mucha gente no sabía que cerca de la cancha de River estaba la ESMA.

 

-Seguro. La gente tampoco sabe las cosas que han pasado a los que les pasaron. Yo tengo amigos que no saben las cosas que me tocaron vivir a mí. En Rosario abrían la puerta de tu casa y te mataban de dos tiros. Me parece que muchos se paran ante esto con una actitud de demócratas, y se hicieron los boludos en cosas que fueron terribles, como las que pasaron en su gremio. Eso es lo que me da bronca, como cuando sale Araujo a hablar de la dictadura, y se olvida de que él escribía en el diario de Massera. Yo conozco bien lo que pasaba, y no quiero minimizar la dictadura, lo que no quiero es que saquemos las cosas de contexto. Mejor ayudemos a pensar por qué pasan estas cosas.

 

-Si bien él nunca terminó de aclararlo, ¿la decisión de Carrascosa no lo hizo reflexionar?

 

-Primero, él no se va; a Carrascosa lo desafecto yo. En enero en Mar del Plata me dijo que no quería estar en el Mundial. Me dijo que estaba cansado, que los dirigentes, que la concentración y qué sé yo. Si tenía que elegir prefería no estar. No es que vino y me dijo: Yo me voy del Mundial porque está la dictadura. Nada que ver, en absoluto. No tenía una razón. Estaba podrido de jugar al fútbol, de concentrar, de salir de gira. Si lo llamaban de River, tampoco iba. Es insólito, pero es así. Entonces le dije que no. Y Ardiles me dijo lo mismo, porque creía que lo puteaban siempre a él, que no podía hacer un gol debajo del arco. Le contesté que el único idiota que pensó que era un crack era yo. El dijo que me iban a echar por culpa de él. Entonces le aclaré que ése era mi problema, pero que si era un cagón que se fuera. Y le dije que eso mismo iba a decir. Y Luque era otro igual.

 

-Igualmente, el contexto no hace que se pueda festejar un título como corresponde.

 

-Eso es algo que a mí no me pasa. Yo me olvidé del Mundial, ya pasó, no me emociona para nada ahora el festejo. La verdad, sólo me acuerdo de cosas puntuales. Si me dicen que hace 20 años que murió Troilo no se me mueve un pelo, pero si lo tengo enfrente es otra cosa. Yo no fui a la tumba de mi vieja desde que se murió. Pero me parece bien que la gente se reúna para festejar.

 

-¿Cuál cree que es el balance?

 

-Nosotros, en el fútbol argentino, intentamos hacer una revolución. Logramos hacer diferencia en la prensa, diferenciamos entre una prensa y otra, en cada paso que dimos. Me acuerdo cuando Pizarotti los echó a César y a Mónica de la concentración. Tuvimos un sector muy favorable, y otros mamarrachos que tachaban a los jugadores en las revistas.

 

-Y en la cancha ¿dónde hicieron la diferencia?

 

-Nosotros respetamos una idea que sigue siendo válida si contás con los jugadores. Nosotros pusimos a Ortiz, Bertoni y Luque arriba, y los volantes eran Ardiles y Kempes. Había un solo volante de marca. Apostamos a eso y nos salió bien.

 

-¿Cuál sería la cosa que podría cambiar de aquel proceso?

 

-Haría exactamente todo lo que hice, armando la Selección en el interior del país, y haciendo todo lo mismo. Lo del interior fue increíble. Cuando terminó el Mundial dijeron que no habíamos dejado nada, y con el director de Clarín le dejamos en la AFA un cheque por un millón de dólares; y ninguno de los equipos vino gratis.

 

Para hacer lo de Ezeiza gastaron 200 mil dólares y lo hicieron 10 años después. De eso nadie dijo nada. Esa plata se la podrían haber repartido los jugadores. Cuando inauguraron lo de Ezeiza no invitaron a ninguno del '78.

 

El problema de esta Selección fue que tuvo un entrenador que nunca estuvo cerca de los poderes. Si yo hubiera laburado para Torneos y Competencias cuando terminó el Mundial, por ahí hubiera sido la mejor selección del mundo.

 

Pagina12/WEB, el pais a diario.

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OPINION

El partido entre el Fútbol y la Muerte

Nota Madre

Balance a un cuarto de siglo del Mundial ?78

  

 Por Alfredo Leuco

 

Me gustaría empezar provocando intelectualmente y decir que yo festejé el Mundial ?78 en las calles en el medio del océano humano de mis compatriotas, y que no me arrepiento de eso. Me gustaría aclarar que yo sí sabía que el terrorismo de Estado de Videla y sus cómplices estaba ejecutando un genocidio, pero que la inmensa mayoría de quienes cantaban al lado mío vestidos con la celeste y blanca no tenían la menor idea de que a pesar de la felicidad que nos producían los goles de Kempes y de Luque se estaba edificando la más grande tragedia nacional.

 

Me gustaría aportar otra visión de la realidad de aquellos tiempos para que la verdad histórica sea lo más completa posible; con todo respeto hacia alguien que admiro profundamente, creo que los relatos maravillosos y conmovedores del estilo Eduardo Galeano representan una parte de la verdad, pero no toda la verdad.

 

Es absolutamente cierto que la dictadura intentó utilizar y utilizó el Mundial de Fútbol para mostrar una imagen de una Argentina festejante en donde nada malo ocurría. Hoy todavía veo las fotos de Videla celebrando y veo claramente sus garras sangrientas, su gesto nazi, su actitud de rapiña y de Gestapo.

 

Pero también es cierto que ni los jugadores ni Menotti ni la gran mayoría del pueblo argentino fueron cómplices de la barbarie y de la manipulación. Los que no sabían lo que pasaba a pocas cuadras en la Escuela de Mecánica de la Armada sólo veían un sueño de campeón mundial que se cumplía y una dictadura más como tantas dictaduras que los argentinos habíamos padecido. Yo que sí sabía y tenía compañeros desaparecidos tomé esa alegría callejera y popular como uno de los pocos rayos de luz en el medio de semejante oscuridad. Estar todos juntos gritando de a miles era como una forma de recuperar el espacio público después de tanto tiempo de dejarlo en manos de los Falcon sin chapas y de los camiones militares.

 

En Córdoba, con unos compañeros, intentamos algunas actitudes tan modestamente heroicas como irracionales. Por ejemplo cantar en medio de la gente: -Arriba Argentina, abajo la dictadura. Era raro. Alucinante. Por las noches las calles quedaban vacías y sin embargo algunos superaron la parálisis del terror y pintaron con aerosol zigzagueante las paredes: -Viva la selección de Menotti, muera la dictadura de Videla. Conozco a ex detenidos desaparecidos que aún en su catacumba festejaban los goles. Era más fuerte que ellos. Recuerdo que me peleé con un compañero de una organización de derechos humanos que quería que ganara Holanda. Para que se caiga más rápido la dictadura, decía. Y yo le decía todo lo contrario, que no había que confundir al pueblo con el gobierno y que si el fútbol demostraba que los argentinos podíamos nos iba a ayudar a poder recuperar la democracia. Yo quería que Argentina saliera campeón del mundo y que se cayera la dictadura.

 

La maduración de los pueblos, su nivel de conciencia histórica y su organización social y política son los encargados de desterrar las dictaduras. No es una tarea del fútbol.

 

Eran tiempos de tanto horror que cualquier vestigio de diversidad servía para aferrarnos a él. El discurso y la historia de Menotti estaban asociados a la izquierda y a la Jotapé. Sus reivindicaciones de la cultura popular con nombres y apellidos prohibidos, su permanente intento de recuperar nuestra identidad futbolística, su respeto por el laburante del fútbol y por el laburante de hincha mostraban que algo latía debajo del cuerpo mutilado de la Argentina.

 

El colega Gustavo Veiga rescató palabras de Claudio Morresi, quien tiene autoridad para opinar porque estaba de los dos lados de la historia. Porque tenía y tiene un hermano desaparecido que militaba en la UES y porque fue jugador de fútbol. Y Morresi lo dice con claridad: -No quiero limpiar a la gente del deporte. Pero quizá se le esté pidiendo mucho a un grupo de jugadores y porque fui jugador lo sé. En lo único que piensa ese deportista es en jugar a la pelota y tener un estadio lleno de gente. Y después en ser partícipe de todas las ganancias que genera el fútbol. Pero quizá le estemos pidiendo a los jugadores que tomen actitudes que otros sectores de la sociedad mucho más esclarecidos, con mucho más poder, no tuvieron los huevos de tomar.

 

Creo que de eso se habla poco. Creo que la dictadura manchó de sangre la historia de este país. Pero la pelota ?como diría el filósofo de Fiorito? no se mancha. Y el hincha tampoco. Es muy antigua, errónea y paternalista esa visión de que el fútbol narcotiza a las masas y las entretiene mientras los explotadores hacen su trabajo.

 

El fútbol no es el opio de los pueblos ni para los que lo juegan ni para los que lo miran. Diría que todo lo contrario. El fútbol es movilizador de la creatividad colectiva, cosecha multitudes que unifican intereses y objetivos, democratiza las relaciones de clase y mezcla en abrazos y compinchismos a gente de todas las razas y confesiones.

 

Es la expresión de lo que somos y de lo mejor que tenemos. Para bien y para mal. Ojalá en otras actividades más decisivas para la vida nacional, como la política, pudiésemos descubrir estas virtudes.

 

De hecho las dos primeras grandes protestas masivas y al aire libre contra la dictadura fueron generadas por hinchas en estadios de fútbol. ?Lacoste lo amenazó / al juez pa? que diga no / en la Argentina no hay justicia / ¡Ay Ciclón... Ciclón! / ?desafiliemonos??, fue el grito de batalla de San Lorenzo frente al contraalmirante Carlos Lacoste que era el símbolo de la dictadura en el fútbol. Y no olvido aquella Marcha Peronista cantada desafiante por los hinchas de Chicago desde la tribuna que terminó con un centenar de ellos presos en la comisaría.

 

Hace 25 años se construía una de las más crueles paradojas argentinas. La felicidad de salir campeones del mundo por primera vez estallaba simultáneamente con el desgarro doloroso de miles de argentinos que morían por goleada. Juntas la pasión y el horror de multitudes. El fútbol y la muerte jugando el mismo partido en una cancha llamada Argentina.

 

PAGINA 12 - 25-06-2003

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La opinión de los jugadores

 Nota Madre

Balance a un cuarto de siglo del Mundial ?78

 

  Los integrantes de la Selección Argentina campeona del mundo en el Mundial ?78 coincidieron en que la presencia de la dictadura militar en el Gobierno le quitó brillo a la conquista, pero aclararon que ellos no eran responsables de que el triunfo se haya dado en ese contexto. -Me parece totalmente injusto que tengamos que ser culpables por el momento político de la Argentina. Yo era futbolista y quería ser campeón del mundo. Si el presidente era democrático o no, era una circunstancia ajena. Es muy probable que la dictadura nos haya usado para tapar errores y horrores, pero nosotros no participamos de nada, señaló Ricardo Villa en una charla con alumnos de Deportea. Daniel Bertoni también expresó su descontento: -Se dijeron muchas barbaridades, pero mis compañeros y yo defendíamos la camiseta. Dijeron que el campeonato fue facilitado por la dictadura y seguro que el palo de la final también estuvo arreglado, ironizó el ex delantero. El goleador del torneo, Mario Kempes, también defendió la conquista. -Digan lo que digan, el ?niño? cumple 25 años.

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NOTA DE LA NAC Y POP: En el mundial 78 se libro una batalla cultural entre los Olfas del establishment; encabezados por el relator de Fútbol de Radio Rivadavia de Bs.As. Jose Maria Muñoz que queria disimular una postura de Orden y Limpieza ante los visitantes extranjeros, particularmente el periodismo extranjero, como parte de la Campaña del Proceso Militar de que Los argentinos somos derechos y humanos, (escondiendo la muerte, tortura y desaparición de compañeros sindicalistas y militantes politicos) y los cumpas que, con Carlos Loizeau ?CALOI- a la cabeza, con las armas que habia a mano, en este caso, el humor,  dieron una Gran Batalla Cultural en la que el Pueblo se sintio identificado, se expreso y triunfo desde la pasión por el fubol, el barrio y lo argentino, lo propio, contra la represión, embozada por entonces.

CARLOS TRILLO

-En el Mundial de Fútbol del año 1978, uno de los personajes de la página, Clemente, se convirtió en una bandera de oposición extrañísima: mientras el relator deportivo del régimen militar, José María Muñoz, gritaba que había que ser prolijos y no ensuciar las canchas porque eso era de malos argentinos, Clemente pedía que tiraran papelitos. Y la gente coreaba su nombre y arrojaba papel picado como acto en contra de las directivas del Poder. Contado así, parece una estupidez, pero puesto en el contexto y en el momento fue un verdadero acto de resistencia.

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1978: CLEMENTE GOLEÓ A MUÑOZ.
José María Muñoz, uno de los más grandes del periodismo deportivo de todos los tiempos, pedía que durante el mundial no se tiren papelitos porque ibamos a quedar como un país sucio.


El humorista Caloi Compañero Peronista, tomó la posta con su conocidísima caricatura Clemente y contraatacó: Tiren, tiren papelitos, exclamaba el muñeco desde el tablero electrónico... Se armó así La Guerra de los papelitos.

Caloi, el padre de Clemente, recuerda así la histórica pelea de su caricatura contra José María Muñoz por los papelitos que tiraba la hinchada para recibir a la selección argentina: -En 1977 el gobierno militar empezó una campaña muy intensa en los medios para que los argentinos se portaran bien con los extranjeros. Nos trataban como inadaptados.

-Subido a esta campaña, José María Muñoz, el relator más conocido de la época, empezó a aconsejar que no tiraran papelitos en los partidos porque íbamos a parecer un país sucio. Y me la dejó picando: la censura era tan grande que los humoristas estábamos atentos a ver dónde podíamos colar algún pensamiento diferente. Y como los papelitos son una manifestación típica del fútbol, Clemente empezó una campaña para que hubiera más papelitos que nunca.

-Coincidió con que los tableros electrónicos -toda una novedad en ese momento- estaban manejados por una empresa que quería hinchar por Argentina. Como sólo dependían de la FIFA, tenían cierta independencia.

-Me pidieron que diseñara un Clemente para que apareciera en los festejos. En Rosario, mientras por los altavoces el EAM78 (Ante Autárquico Mundial78) amenazaba con quitarles puntos a la Argentina por los papeles, en el cartel Clemente pedía: -tiren papelitos. La lucha llegó a un extremo tal que la policía incautaba los diarios que llevaban los hinchas. Me asusté cuando al final el público empezó a cantar: -Muñoz, Muñoz, Clemente te cagó.

 -En el 82, Canal 13 me propuso hacer micros de dos minutos. Así nació el hincha de Camerún. Y tuvo tanto éxito que siguió dos o tres años. En el 86 volvió el micro con canciones de los equipos que participaban. Y ya era un clásico.

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Debemos saldar la historia de nuestra identidad con nuestros cuatro abuelos: El abuelo indigena, el abuelo negro, el español y el inmigrante arabe, polaco, italiano o de las demas inmigraciones.
(
Hugo Chumbita)

-El Estado  brota de abajo, de la muchedumbre, y es casi una redención, una creación del pueblo solidario.
(Raul Scalabrini Ortiz)

Nuestra bebida nacional es el vino con soda (Gato Dumas)

El unico heroe valido, es el heroe en grupo, nunca el heroe individual, el héroe solo.
(Hector German Oesterheld)

Al penetrante grito de la patria, todos debemos ser uno (Jose Artiga)

Estaría dispuesto a entregar mi vida por la liberación de cualquiera de los países de Latinoamérica.
(Ernesto «Che» Guevara)
La Patria es la América (Simon Bolivar)

Cuando la Patria esta en peligro, todo esta permitido, excepto, no defenderla
(Jose de San Martin)

 



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