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[A-List] Adolfo Gilly sobre la brutalidad "antiterrorista" de Bush & Co.



La Jornada 
México D.F. Martes 11 de junio de 2002               
   
                    
  Adolfo Gilly 
  Fidel Castro y George W. Bush 
  Como consecuencia de las crecientes revelaciones acerca de los 
  informes y las advertencias recibidas desde múltiples fuentes 
  por el gobierno de Estados Unidos, antes del 11 de septiembre 
  de 2001, sobre la posibilidad de ataques terroristas de 
  envergadura sobre su territorio, una polémica ha recrudecido y 
  ha llegado hasta los círculos institucionales de ese país. 
  Tres son las preguntas: ¿Era posible prestar atención a esas 
  advertencias y prevenir los ataques? ¿Fue la incompetencia de 
  los servicios de inteligencia lo que les impidió procesar e 
  interpretar esa información o es que no había posibilidad 
  material de hacerlo? ¿O, peor todavía, hubo una conspiración 
  dentro del propio gobierno para permitir que los ataques se 
  produjeran y capitalizar para su política interna y externa 
  sus traumáticos efectos sobre la población? 
  Las dimensiones que hoy adquiere esta discusión en aquel país 
  indican un comienzo de crisis en el apoyo interno ampliamente 
  mayoritario alcanzado por la política de guerra del presidente 
  Bush después del 11 de septiembre. 
  Fuera de Estados Unidos, esas informaciones no han hecho más 
  que acrecentar el recelo, la reticencia o la desconfianza 
  silenciosa de muchos gobiernos de los cinco continentes hacia 
  el curso aventurero de la Casa Blanca y el Pentágono. Pero muy 
  pocos entre ellos, si es que alguno, han tratado de razonar y 
  explicar con claridad esas percepciones a sus pueblos. 
  Conveniencia, temor o diplomática precaución dictan tales 
  silencios. "En Washington están fuera de si. Esperemos a que 
  se les pase: así como están, son muy peligrosos", sería una 
  paráfrasis adecuada de los comentarios que circulan en esos 
  medios. 
  Sin embargo, la discusión tiene extrema importancia, porque ya 
  ha ido más allá de los ambientes opuestos a la política de 
  Washington y se está instalando en donde mayor efecto puede 
  tener: en la opinión pública estadounidense. Pues si de alguna 
  parte puede surgir la fuerza que detenga el actual curso hacia 
  nuevas guerras es desde adentro de Estados Unidos. Si ese 
  cambio no llegara a producirse, lo peor sería inevitable. 
  En numerosos sectores de la izquierda y del nacionalismo en 
  América Latina y en otros continentes, la hipótesis de la 
  conspiración interior como explicación de los atentados del 11 
  de septiembre tuvo desde el primer momento muchos partidarios. 
  Esa hipótesis ha ganado adeptos en los actuales debates 
  incluso en Estados Unidos. Sólo conjeturas y deducciones, pero 
  ninguna prueba de hechos se ha presentado hasta ahora en su 
  favor. Lo peligroso es cuando sus defensores saltan, sin 
  mediaciones, de la hipótesis a la afirmación terminante, con 
  lo cual la discusión queda cerrada. El Internet, donde hay de 
  todo, alberga una entera galaxia de esta variante. 
  Me parece mucho más verosímil -y comprobable- la hipótesis de 
  la incompetencia, la rivalidad y la ineficiencia de los 
  servicios de inteligencia, sobre todo frente a desafíos que 
  escapan totalmente a su capacidad de razonamiento y 
  discernimiento y convierten al incalculable cúmulo de 
  información que cada día reciben en una maraña abrumadora e 
  indescifrable para ellos. Las revelaciones en cascada que 
  ahora surgen en la disputa interior del establishment 
  estadounidense fortalecen esta interpretación. 
  Cualquier investigador serio sabe que no es la cantidad de 
  información sino la capacidad y la percepción del investigador 
  para ordenarla, razonarla y comprenderla lo que le concede 
  sentido, coherencia y valor explicativo. No hay maravilla 
  tecnológica que pueda reemplazar a esa capacidad humana          
  cuando  ésta se embota o decae por ineptitud intelectual o 
  relajamiento moral en quienes la dirigen. Los redactores de 
  discursos no pueden sustituir la vaciedad del pensamiento. 
  El pasado 8 de junio el gobierno de La Habana, por boca del 
  presidente Fidel Castro, intervino en aquella discusión. 
  Después de señalar el silencio de tantos gobiernos del mundo 
  ante la política de Washington, el presidente cubano dijo: 
  "Ante tanta cobardía, muchos pueblos del mundo pondrán sus 
  mayores esperanzas en el propio pueblo norteamericano. Es el 
  único que puede frenar y poner una camisa de fuerza a los 
  fanáticos del poder, la arbitrariedad y la guerra". 
  A continuación, Fidel Castro descartó en forma terminante la 
  hipótesis conspirativa como explicación de los hechos. Cito 
  sus palabras: 
  "No me pasa ni un segundo por la mente que alguien 
  deliberadamente, sea cual fuere su cargo, por ansia de 
  popularidad, poder o cualquier otro objetivo, pudiéndolo 
  impedir, permitiera el horrendo crimen de las Torres Gemelas". 

  Concentró su crítica, en cambio, en la política de George W. 
  Bush inmediatamente posterior a los atentados: "Pienso que 
  quien ejerce el cargo de presidente de Estados Unidos ha 
  cometido serios errores en el manejo de la situación posterior 
  al trágico hecho". Por la seriedad de dichas apreciaciones, 
  conviene citar textualmente sus términos: 
  "No debió nunca sembrar el pánico en el pueblo norteamericano. 

  "No debió perder la serenidad. 
  "No debió adoptar decisiones precipitadas sin reflexionar 
  siquiera sobre opciones posibles, quizás mucho más 
  prometedoras, que habrían contado con el apoyo unánime de 
  todos los gobiernos, las más influyentes religiones y las 
  corrientes políticas fundamentales de izquierda y derecha. 
  "No debió declarar enemigos, ni mucho menos terroristas, a más 
  de la mitad de los países del tercer mundo. 
  "No debió seguir una línea que multiplicará el número de 
  personas fanáticas y suicidas en el mundo, complicando 
  seriamente la lucha contra el terrorismo. Lo ocurrido en 
  Palestina lo demuestra: por cada palestino asesinado, el 
  número de suicidas se incrementó de forma impresionante, lo 
  que condujo el problema a un callejón sin salida visible. 
  "No debió ocultar los informes de inteligencia que llegaron a 
  su poder, en especial el del 6 de agosto, lo que da lugar a 
  especulaciones y dudas de todo tipo." 
  A través de su servicio diplomático y de otras múltiples y a 
  veces insospechadas fuentes, Fidel Castro está bien informado 
  de los debates y opiniones en curso en los ambientes políticos 
  y de gobierno de otras naciones. Resulta obvio que esos 
  comentarios de su discurso del 8 de junio van dirigidos a esos 
  ambientes, y no en especial a quienes son sus partidarios. Son 
  razonamientos que reflejan o recogen lo que en esos medios se 
  dice en voz baja y en confianza, mirando antes a los costados 
  para que no escuche nadie que después vaya con el cuento a 
  quien todos sabemos. 
  El presidente cubano se hace intérprete del silencio de los 
  otros y se mete de lleno en la polémica. Acosado por el 
  imperio y amenazado por nuevas dificultades económicas, habla 
  como en los momentos en que uno no tiene nada que perder, 
  salvo la confianza de la propia gente. No hace falta ser su 
  partidario para darse cuenta de que, en esta precisa cuestión, 
  esos razonamientos requieren ser escuchados y debatidos. 



Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro@xxxxxxxxxxxxxxx

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Compañeros del exercito de los Andes. 

...La guerra se la tenemos de hacer del modo que podamos: 
sino tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos 
tiene de faltar: cuando se acaben los vestuarios, nos 
vestiremos con la bayetilla que nos trabajen nuestras mugeres, 
y sino andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios: 
seamos libres, y lo demás no importa nada...

Jose de San Martín, 27 de julio de 1819.

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